Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

Contrabando de armas

Estoy en la baranda de cubierta mirando el mar. No sé que tiene el mar que ejerce sobre mí un efecto relajante, casi hipnótico, podría mirarlo por horas sin moverme. Parece igual pero siempre es distinto. Y no puedo evitar que acudan a mi mente los recuerdos. ¡Esa tertulia de Orihuela en el Café Colón con mis amigos del alma me viene a la mente una y otra vez! Quizás nunca más vuelva a sentarme en esa mesa con ellos. ¡Qué será de sus vidas y de la mía! Hicieron una reunión especial para despedirme pero ya no estaban Jesús “el probeta” ni Tomás, ambos fallecidos, el primero en un accidente de moto y el segundo en un accidente de amor. Luisito “el corto”, el bondadoso camarero que atendía nuestra mesa, un ángel de un metro y medio de estatura, le dijo a Pepe Sancho que lideraba la tertulia:

—Don José, aquí donde usted me ve, a mí no me ayudó nadie a llegar ser camarero de primera. Yo soy un hombre que se hizo solo.

—Pues hombre, ahora me explico porqué está usted tan mal terminado.

—Don José, no se pase con sus bromas. Usted y Don Jesús “el probeta” que en paz descanse, son los dos miembros de Orihuela que yo más respeto. ¿Y tú, Vicente, a qué miembro de Orihuela respetas más?

—Al mío —dijo Vicente.

Así transcurrían las tertulias, entre risotadas, con golpes de ingenio empujados por el hambre. Una noche, había terminado la tertulia a la una de la madrugada y ya estábamos levantándonos de la mesa, cuando Pepe Sancho, que tenía la mano vendada y entablillada, le dijo al camarero:

—Luisito, fíjese usted cómo tengo la mano derecha. Esta mañana me la he pillado en una puerta y me la han tenido que vendar muy apretada hasta ver mañana en una radiografía si tengo algún hueso roto ¡Qué mala suerte!

—Bueno, Don José, no es para tanto. Ya verá como se la cura bien.

—Sí, pero es que ahora tengo que ir a orinar y no sé cómo voy a hacer…

—¡Ah, conmigo no cuente para eso!

Y el tan querible  camarero salió corriendo muy asustado hacia la barra entre las carcajadas de todos. Don Juan Rogel, el dueño del inolvidable Café Colón, nuestro segundo hogar, vino a la mesa con una botella de su mejor licor a hacer un último brindis y desearme buena suerte. Y aquí estoy, en este camino imposible, sin familia y con nuevos amigos que no pueden sustituir en mi corazón a los del Café Colón. No puede uno cambiar unos amigos por otros de la noche a la mañana.

Dejo la cubierta del barco y me voy hacia la cafetería pues he quedado en verme una vez más con Soledad, esta excepcional mujer cuya conversación me seduce. Todo lo que dice me hace pensar. También la comparo con las mujeres de Orihuela cuando la veo caminar erguida, con distinción. Recuerdo la procesión de las Mantillas en Semana Santa. Es un desfile de mujeres extraordinarias. Yo miraba la procesión con ese desfile deslumbrante de mujeres hermosas. Veía la procesión dos veces, una vez del lado izquierdo y corría a alcanzarla para verla por segunda vez en el lado derecho. Naturalmente que no todas son bellas pero hasta las que no lo son y ya pasaron por ellas bastantes primaveras, tienen un empaque especial, una forma de caminar derecha y con la cabeza alta, una maneras femeninas excepcionales. Son siglos de genes oriolanos con sangre noble de buena clase. Cada mujer que se queda soltera en Orihuela, uno se toma la cabeza desesperado y piensa que algún hombre se perdió algo grandioso. Uno mira a una oriolana soltera y se dice; ¡Qué dolor y qué pena tanta calidad de mujer sin hombre! Orihuela, tierra de mujeres hermosas y de excelentes poetas, uno de ellos, Miguel Hernández, una figura universal de la poesía. Me viene a la memoria ese verso de Miguel que dice: “¡Porque yo empuño el alma cuando canto…!”  Miguel no empuña un “arma”, empuña el  “alma.”

Veo llegar a Soledad y tengo que alejar de momento a mi pueblo de mi mente ¡Qué difícil es para mí alejar mi tierra de la mente ni siquiera por unos minutos! Hablamos como siempre de todo, de esto y de lo otro, vamos saltando de un tema a otro y nunca nos aburrimos. Estamos hablando con respeto y escuchando con el mismo respeto. ¡Qué estupendo es conversar con alguien que sabe escuchar! Hay personas que sólo se escuchan a sí mismas. Soledad me habla de la India en la que ha vivido algunos años por el cargo diplomático de su esposo. Me cuenta que la India es un país enamorado de Dios donde más de mil millones de seres humanos buscan el perdón divino para poder quedarse en el Paraíso y no volver a la tierra reencarnado a seguir sufriendo. Cultivan la doctrina del Karma  que se origina entre los años 1000 y 550 antes de Cristo, con los  libros sagrados de los Vedas (los Sabios). Dicha doctrina consiste en la evolución del hombre desde que nace hasta la unión con la Divinidad a través de sucesivas reencarnaciones purificadoras. Están separados por un sistema de castas. La ley las ha abolido pero siguen en la práctica porque es muy difícil que las leyes puedan cambiar las costumbres milenarias de un pueblo. El 40% de los hindúes dice ser feliz, uno de los porcentajes más altos del mundo. Son felices porque cada uno, según su casta, sabe el lugar que debe ocupar en la sociedad y no envidia al otro.

También me cuenta Soledad que forma parte activa del movimiento feminista de Francia que se produjo como respuesta al maltrato a las mujeres, al abuso de su cuerpo por medio de la prostitución, a las agresiones físicas y psíquicas de sus parejas, a los bajos salarios por el mismo trabajo que los hombres, a la postergación jerárquica en sus empleos, a la segregación y la marginación de género que sufren las mujeres en todo el mundo así como a la esclavitud doméstica que no es pagada, ni agradecida ni compartida por el hombre, etc. etc. La escucho fascinado. He aprendido un montón de cosas con Soledad.

En una mesa cercana hay dos hombres hablando en un idioma que no entiendo y Soledad me dice que es ruso. Toman vodka y ya se han bajado casi una botella. Soledad domina el ruso como el castellano pues también vivió unos años en Rusia por la profesión diplomática de su esposo. Los hombres hablan en voz baja, casi en un susurro, pero aún así nos llegan palabras sueltas. De pronto Soledad encuentra algo de interesante en lo que hablan los dos hombres y me hace una indicación de que me calle y no los mire pues quiere escuchar la conversación. Ellos no se cuidan demasiado pues se sienten seguros hablando en ruso. Soledad, sin mirarlos ni un instante, escribe notas sobre una revista simulando que se  ocupa de un crucigrama. Voy leyendo lo que anota y no salgo de mi estupor: “…el barco llevará bandera de un país africano con un gobierno muy corrupto que concede permisos de navegación con su bandera por un puñado de dólares…el Comandante es nuestro contacto y nos mantendrá informados cuando la operación se concrete…la mercadería debe ser entregada totalmente en los próximos diez días a contar desde mañana…el armamento pesado debe entregarse en siete días y el ligero en los tres días siguientes…el pago es al contado riguroso contra entrega del material…si la operación no se concreta en diez días al comprador ya no le interesa…a Cuba no podemos llevarlo pues hay un bloqueo norteamericano muy estricto… el material se entregará en un lugar de la costa occidental de África que el comprador indicará en un par de días…”

Soledad tiene cara de estar muy asustada pues ella sabe, por la profesión de su marido, que el comercio de armas es muy siniestro. Ellos están muy bebidos y no han mirado hacia nuestra mesa ni una sola vez. Esto nos tranquiliza un poco dentro de nuestros nervios pues nos damos cuenta de que poseemos información que puede ser muy comprometedora.

Debatimos los cuatro amigos qué hacer con esta información. Antonio, Felipe y yo opinamos que no debemos hacer nada ni darnos por enterados de este escabroso asunto, pero Juan, al que hemos aceptado como líder del grupo, insiste una y otra vez que no debemos usarlo como arma de ataque pero sí de defensa. Señala que debemos aprovechar la situación para, sin extorsionar al Comandante, pedirle protección. Esta mañana ha caído un rollo de gruesa maroma de más de cien kilogramos de peso a medio metro de donde estábamos los cuatro. No nos mató de milagro. Lo han tirado desde la cubierta superior sin que hayamos podido ver al autor del hecho. Nos quieren matar, ya no tenemos dudas. Hay que hacer algo para defendernos de estos mafiosos. No estamos convencidos de que sea lo mejor pero estamos muy asustados y no podemos pensar con claridad. Decidimos insensatamente, apremiados por el miedo, que Juan y yo entrevistaremos al Comandante de la nave.

Juan pide ser recibido pero el Comandante se niega diciendo que está muy ocupado. Juan insiste y le dice al asistente que advierta a su jefe que se trata de un asunto del mayor interés y seguridad de la nave. Sólo así accede a recibirnos con una cara de espantoso malhumor, de profundo rechazo.

—¿Y ahora qué carajo quieren? ¿Primero actúan como imprudentes y ahora vienen a quejarse como maricones?

—No, mi Comandante, pero ya no se trata de un juego perverso para asustarnos. Hay un verdadero complot contra nuestras vidas. Además de la gran paliza a nuestro compañero, que casi lo matan, ya vamos por el segundo atentado criminal. Nos movieron muy peligrosamente la pasarela para que cayéramos al mar en el pequeño hueco que había entre el casco de la nave y la pared de la dársena y ahora nos han tirado desde la cubierta superior un rollo de gruesas cuerdas que pesa más cien kilogramos. Por medio metro no nos ha aplastado. Hay también síntomas en el comedor que nos tienen aterrados y tememos que nos pongan algo malo en la comida que nos sirven en nuestra mesa. Suponiendo que hayamos sido imprudentes en denunciar un engaño en una jugada de ruleta, hay una enorme desproporción entre nuestra denuncia y que pretendan matarnos.

—¿Y qué quieren que haga, insensatos? ¿No ven que si los castigo será peor para ustedes? No puedo con esta pandilla de delincuentes, yo también estoy preocupado con lo que está sucediendo. Nunca creí que llegasen tan lejos en su deseo de venganza y no es mucho lo que puedo hacer pues tienen la protección de su sindicato dirigido por mafiosos muy poderosos.

—¿No va usted a hacer algo para protegernos?

—Ya les dije, no puedo.

Juan entiende que no queda más remedio que jugárselo todo y decide pasar el Rubicón. Después de lo que va a decir ya no hay marcha atrás posible. Aspira hondo y va adelante como una topadora:

—Mi Comandante —tiembla un poco la voz del corajudo Juan— por verdadera casualidad estamos en posesión de una información que puede perjudicarlo a usted y que desde luego jamás la usaríamos. Sólo se la menciono para que sepa que somos gente decente que guardará absoluto silencio y que usted, en justa reciprocidad, nos devuelva el favor protegiéndonos de estos demonios desalmados. Sabemos que al mencionarle este asunto es posible que empeoremos nuestra situación, pero estamos desesperados y tenemos que intentar algo para impedir que nos asesinen por capricho. Y también podrían matarnos por lo que ahora voy a decirle, pero como sólo se puede morir una vez vamos a jugarnos por usted a ver si nos ayuda.

—¿Poseen información que puede perjudicarme a mí? ¿Pero de qué mierda me están hablando, estúpidos? ¿Cómo pueden perjudicarme cuatro desgraciados emigrantes pobres como ratas? No me hagan reír, venga, digan pronto lo que se traen entre manos antes de que los saque de aquí a patadas. Dirijo una nave muy complicada con centenares de tripulantes y pasajeros mas una valiosa carga y no tengo tiempo que perder.

Juan traga saliva, me mira primero a mí que presencio todo sin decir palabra, luego mira fijo al Comandante, toma aire y dice muy serio:

—No me pregunte cómo lo sabemos pero estamos enterados de la operación de venta de armamentos que cerrará en diez días.

El Comandante empalidece y se tira para atrás en su sillón balanceable de cuero repujado. Cierra los ojos por un instante y pasa del color pálido de preocupación a un color rojo amenazador:

—¡Santo Dios, criaturas! Jamás he conocido personas tan insensatas como ustedes ¿Sabéis dónde os habéis metido?  Ahora no sólo querrán mataros estos endemoniados salvajes de poca monta que tengo en la tripulación sino que mucha gente de enorme poder, de un poder que no os podéis ni imaginar, irá tras vosotros ¡Insensatos sin cerebro!

—Mi Comandante, no somos extorsionadores ni delincuentes ni malhechores, ni tenemos la más remota intención de divulgar esa información. No nos interesan sus negocios. Sólo somos, usted lo ha dicho, cuatro desgraciados muertos de hambre a quienes quieren matar como venganza por una denuncia menor sin importancia. Sólo queremos salvar nuestro pellejo ¿Es que no puede usted protegernos hasta Buenos Aires?

—¡Madre mía, que lío del demonio! exclama el Comandante enfurecido pero preocupado.

Toca un timbre el Comandante y entra su asistente y primer oficial de a bordo.

—Vaya usted a buscar ahora, ya mismo, sin perder un minuto, a los dos compañeros de camarote de estos pasajeros ¿Qué número de cabina tienen?

—El 144, señor.

—Bien, búsquelos donde estén y enciérrelos pero no en el calabozo. Alójelos de momento en el camarote para invitados especiales. Ponga un hombre de guardia en la puerta del camarote día y noche, las 24 horas. Bajo ningún concepto podrán recibir visitas ni salir. Les sirven allí la comida. Será un encierro de lujo pero entiendan ustedes que es una cárcel. Lo hago a usted responsable —le dice al Oficial— de que se cumplan inmediatamente estas órdenes y cuando los dos estén encerrados viene usted a por estos otros dos que retengo aquí.

Ya ha salido el Oficial asistente y Juan dice:

—Señor Comandante, con todos mis respetos debo decirle que hay una quinta persona, que usted no conoce, que está en conocimiento de este secreto de venta de armamento y que lo informará a toda la prensa internacional si a alguno de nosotros cuatro le ocurre algo malo. Si no nos sucede nada malo, usted no tiene nada que temer. Tiene nuestra palabra de honor. Los pobres también tenemos honor.

—¿Su palabra de honor? ¡Sólo esto me faltaba! Está usted bastante loco pero debo reconocer que tiene agallas ¿Me dijo usted que era andaluz? Pues sí, tienen fama de estar un poco locos ¡Válgame Dios! ¿De qué nos va a servir a usted y a mí su palabra de honor si esta operación llega a frustrarse porque alguien se va de boca? Sigue usted sin darse cuenta de en qué lío tenebroso estamos todos metidos. Pero tiene coraje y a mí me gustan los hombres con coraje. Mire, Juan —por primera vez el Comandante pronuncia el nombre de nuestro compañero, casi amigablemente— no somos asesinos, somos comerciantes. Lo que ocurre es que son negocios millonarios en dónde hay intereses políticos muy oscuros que comprometen la reputación de gente muy importante a escala mundial. Hay en juego muchísimo dinero y están implicadas personalidades que usted no puede ni imaginarse. Esto es lo que hace que este negocio sea peligroso. Los voy a tener encerrados a ustedes en un camarote de primera clase con vista al mar en vez de esa pocilga en la que duermen. Lo hago para protegerme yo de que no se vayan de la lengua en una de esas noches de copas de coñac que ustedes pasan en el bar. Y para protegerlos de estos malvivientes que tengo en la tripulación. Sólo necesito tenerlos ahí diez días, hasta que la operación se concrete, una operación que no la hace este barco sino otro que costea por África. Una vez que el radiotelegrafista me comunique, en clave, que la operación está concretada y el dinero a salvo, ya no pueden hacernos daño aunque hablen pues a la prensa le interesa frustrar operaciones pero una vez terminada la venta es una noticia del pasado sin interés periodístico. Estas operaciones de venta de armamentos se hacen diariamente en todo el mundo para alimentar las 38 pequeñas guerras que hay actualmente. ¿Sabían ustedes que existen 38 guerras en el mundo, activas o larvadas? En cuanto a esa quinta persona, cuide usted de que no hable con nadie durante los próximos diez días o la vida de ustedes y la mía no valen un centavo. ¿Está claro?

—Sí, señor, esa protección es la que buscábamos y usted nos la da. No tendrá ningún problema con nosotros. Pero, ¿Y después de los diez días de encierro? ¿Volverá usted a dejarnos en manos de esos rufianes tan vengativos?

—Ya pensaré en algo. Si es necesario los dejaré encerrados por todo el resto del viaje a Buenos Aires.

—Eso sería lo mejor, señor Comandante —dice Juan.

—¿Es  un pacto de caballeros? —pregunta el Comandante.

—Sí, señor, es un pacto —replica Juan.

Mi compañero, el corajudo andaluz, intenta sellar el pacto extendiéndole la mano al Comandante pero éste no la toma.

Pide permiso para entrar el oficial asistente del Comandante:

—Mi Comandante, su orden ha sido cumplida, los dos jóvenes del camarote 144 ya están instalados con su equipaje en el camarote de invitados especiales ¿Me llevo a estos dos? —pregunta señalando a Juan y a mí.

—Sí, Oficial, pero le voy a hacer una advertencia. No descarto que los miembros de la tripulación que han sido desplazados del casino por la denuncia de estos muchachos, persistan en intentar alguna maldad contra ellos. No he querido intervenir antes para no empeorar las cosas pero han llegado demasiado lejos. Empezaron divirtiéndose asustándolos y se han cebado hasta el intento de graves hechos de agresión con peligro de sus vidas que no voy a tolerar en mi nave. Hay que terminar con esto. Quiero una vigilancia estricta sobre el camarote de invitados. Lo hago a usted responsable como Primer Oficial de a bordo de que a estos pasajeros no les ocurra nada. Bastante tienen con tener que soportar un largo encierro aunque sea un encierro cómodo. Hable con el cabecilla de esta banda de aventureros que se creen los dueños del barco y avíseles seriamente que ante el menor intento de desobedecerme mejor es que se olviden de la renovación de sus contratos de trabajo con nuestra Compañía.

Mientras nos llevan a nuestro cómodo encierro pienso en esa frase que dice que un hombre empieza a ser importante cuando tiene enemigos. Ni tantos que te sientas amenazado ni tan pocos que te sientas seguro. Nosotros ya hemos encontrado en este barco suficientes enemigos, verdaderos demonios, como para no estar tranquilos.