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Conociendo a Soledad

—Hola, Soledad, ¿Cómo estás?

—Hola, no muy bien. Estaba tratando de evitar este encuentro.

—¿Por qué me quieres eludir?

—Ya lo sabes, la gente habla y critica que hayamos tenido una relación dada la diferencia de edad. Esta diferencia se tolera si el hombre es mayor pero no a la inversa. La sociedad no ve bien una mujer mayor con un hombre joven. He sabido que tus amigos te hacen bromas pesadas diciendo que te gustan las mujeres de mucha edad.

—Pues sí, es verdad que me hacen bromas pero no te preocupes por eso. No hago caso, no me afectan esas bromas.

—¿Te das cuenta de la situación, Rodrigo?

—Sí, pero no me importa. Fui muy feliz contigo y es la primera vez que he conocido el sexo de verdad, con plenitud. Todo lo que tuve antes no valió nada al lado de lo que tú me has dado. No quiero perder nuestra amistad que valoro mucho y que considero que será más duradera que el amor ¿Cómo es tu vida, Soledad? ¿Te das cuenta que sólo hicimos el amor y no hablamos de nosotros?

—Pues soy una solitaria porque hago caso de un pensamiento de La Bruyére que comparto: “Todos nuestros males provienen de no saber estar solos y de soportar compañías que nos dañan.” Soy profesora de Filosofía en una universidad privada madrileña. Vivo en Madrid y me he criado en Francia y en Rusia y también un poco en la India pues mi esposo es diplomático. Hablo francés, ingles y ruso tan bien como el castellano. Viajo sola a visitar a mi hermana que vive en Brasil pero mi esposo ha quedado en Madrid pues no me ha podido acompañar por exigencias de su profesión. Creo en la filosofía.

—¿Eres filósofa? Siempre me he imaginado a un filósofo como un señor con barba.

—Es muy común. Creo en la filosofía porque creo que aunque nuestra carne es mortal, permanece en los demás cuando morimos y esto es una manera de ser inmortal. La filosofía es una inquietud del alma para mantener despiertos a los hombres pero tal como la enseñamos en la cátedra universitaria está muy limitada. En el régimen fascista que vivimos, los filósofos tienen que estar apaciguados y no cuestionar al régimen político imperante. Tenemos miedo a represalias del poder y a perder nuestras amadas cátedras. Yo amo la docencia y pienso que mi capacidad de enseñar está limitada. El fascismo nos detesta y le gustaría eliminarnos de la enseñanza. Sólo nos tolera, con mucha vigilancia, si nos limitamos a  repetir las consignas fascistas y me siento disminuida, como si estuviera estafando a mis alumnos. No les enseño mentiras, no podría, pero les miento por omisión al enseñarles las verdades a medias. Sólo me consuelo diciéndome que si abandono mi cátedra la tomará un incondicional franquista y será peor para mis muchachos. Los problemas que quitaron el sueño a los grandes pensadores de la humanidad permanecen escondidos y no se debaten. Y no puede haber filosofía sin debate.

—Siempre amé las letras —le digo— pero nunca pude estudiar. ¿Te ha quedado  buen recuerdo de nuestro encuentro íntimo o estás arrepentida?  Ha  sido un encuentro muy maduro.

—La madurez dicen que llega cuando aún nos sentimos jóvenes pero con mucho más esfuerzo —ironiza Soledad—. No, no estoy arrepentida pero he sufrido un choque conmigo misma. Me he llenado de ti y me siento como un vampiro que se alimentó una noche entera con tu rica sangre joven. Pero ese exceso no debe repetirse. Habíamos bebido mucho.

—Yo en cambio me he vaciado en ti. No me importa tu edad. Sé que no podemos ni debemos repetir lo que ocurrió y menos estando tú casada, pero serás un hito en mi vida. No te olvidaré nunca En cuanto a sexo mi vida se dividirá en un antes y un después de Soledad. Y en lo que se refiere a sentimientos has hecho temblar un propósito que me he impuesto: No meterme en trances amorosos hasta ganarme bien la vida. Y eso me salvará también del abandono. Si no amo no me sentiré abandonado pues sentirnos abandonados es como un anticipo de la muerte. También valoro mucho las alas que llevo escondidas en mi cuerpo. Debo cuidarlas para que ninguna relación sentimental me las corte. Las alas son la parte más vulnerable del cuerpo y si dejamos que algo o alguien sea motivo de cortarnos las alas ¿Cómo volaremos? ¡Quiero volar! ¡Quiero volar sin limitaciones!

—¡Qué cosas dices, Rodrigo, eres tan joven! Tú estabas aún más bebido que yo. Quizás no recuerdas las cosas que me decías y no te imaginas lo que me hiciste sentir. De pronto fui joven y bella como lo era antes. Tenía en mi lecho a un hombre joven que me amó como nunca lo habían hecho antes. Me sentí deseada y descubrí que mi matrimonio es una frustración que ya dura muchos años. Pensar que estuve tan locamente enamorada de mi esposo que pensaba que todo el tiempo que no estaba con él era tiempo perdido ¡Qué locura que es enamorarse! Yo sufría depresiones cuando él se iba de viaje y me sentía abandonada y vacía.

—Quizás no has sido lo suficientemente egoísta para poder ser feliz. En este mundo es muy difícil sobrevivir si no eres egoísta. Tal vez por no querer ser un poco egoísta estés pagando un sobreprecio emocional que te hace sentir que no eres feliz. Además, el sentimiento de abandono es un fuerte desorden afectivo que lleva a la depresión.

—Rodrigo, no te olvides que soy profesora de filosofía. Eso que acabas de decir es demasiado profundo para que lo diga un joven sin estudios.

—Es cierto que no tengo estudios superiores pero he leído mucho y he vivido en la calle toda mi vida.  Y la calle es una buena escuela filosófica. Es posible que mi filosofía sea un tanto casera pero llevo una pesada carga sobre mis hombros y eso tiene a veces más valor que los estudios teóricos. Quisiera no tener que estar a la defensiva contigo porque no tengo estudios superiores. No quiero tener que estar siempre dando explicaciones para ser aceptado. Deseo que me aceptes como soy.

—Está bien. Rodrigo, ya me di cuenta. Pero no lleves esa carga con amargura o te será demasiado pesada. Recuerdo ahora una frase de San Francisco de Asís: “Una cruz grande es muy pesada si intentas arrastrarla pero no pesa nada si te abrazas a ella.” Aligera la carga con una mezcla de optimismo y buen humor, con sentido deportivo. Tienes tu juventud y tu  libertad, dos tesoros. Lo demás se te dará por añadidura. Verás como te va bien en América.

—Ojalá. Eso espero, Soledad. A veces me siento como Sísifo, condenado a empujar una gran piedra redonda cuesta arriba para subirla a un monte y sin poder dejar de empujarla pues se me viene encima.

—¿Tú conoces la tragedia de Sísifo que fue condenado por desafiar a los dioses?

—Sí, ya te he dicho que he leído mucho. No me subestimes, podemos hablar de lo que quieras. La sabiduría no se sabe cómo nos llega pero nos llega de repente. De pronto, un día, lo ves todo claro.

—Perdona, hombre, no seas tan susceptible.

—Soledad, me gustaría charlar contigo de vez en cuando mientras dura este viaje ¿A qué parte de Brasil vas?

—Dejo el barco en Recife, en el Estado de Pernambuco.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Brasil?

—No lo sé, no tengo prisa por regresar a Madrid. Tal vez me quede un mes o algo así. Pero dime, Rodrigo, ¿Cuáles han sido tus lecturas hasta ahora? ¿Eres un autodidacta?

—No, yo nunca tuve auto, apenas soy un bicididacta.

—Buen chiste. Dime ¿Qué has leído?

—Pues tuve un gran profesor en enseñanza primaria y parte de la secundaria que me orientó en buenas lecturas y leí con método para ilustrarme escalonadamente. En esa época, bajo su orientación, leí los clásicos de la literatura española, Cervantes, Rojas, Quevedo, Lope de Vega, Calderón, Góngora, Fray Luis de León, etc. etc. Después leí los clásicos de la antigüedad, Platón, Aristóteles, Séneca, Epicteto, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, etc. etc. He leído toda la generación española del 98 y algo de la generación reciente del 23 pero no mucho de estos últimos porque la mayoría están censurados por el fascismo, como Garcia Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, etc.  A continuación leí a los grandes pensadores de la ilustración francesa, Voltaire, Montesquieu, Montaigne, Balzac, Victor Hugo, etc. etc. He sido un lector voraz y cuando me faltó mi amado profesor, que me guiaba, me atreví a meterme en los difíciles vericuetos de la filosofía clásica leyendo sobre el idealismo de Kant y Hegel, el voluntarismo y pesimismo de Schopenhauer, la angustia de Kierkegard y la trastocación de todos los valores con Nietzche y su superhombre.

La profesora de filosofía me mira estupefacta y no sale de su asombro, sobre todo sabiendo que yo no tengo estudios superiores y que se me ve que no dispongo de medios económicos pues estoy vestido con ropas muy modestas que me cuesta mantener lavadas. Me mira sorprendida y me dice:

—¡No puedo creerlo! ¿Todo eso has leído con sólo 29 años y sin estudios universitarios ni medios económicos? ¡Qué barbaridad, es asombroso! ¡Cómo quisiera llevarte a mis clases y ponerte delante de alumnos ricos que teniendo todos los medios a su alcance no han leído casi nada y son unos asnos!  Quisiera hacer eso para avergonzarlos ¿Te das cuenta del mérito que tienes?

—No es para tanto, pero lo que nunca olvido es una frase de mi maestro y guía Don Ignacio que me decía: “Rodrigo, el conocimiento sólo sirve si va acompañado de sentimiento. La cultura en el cerebro de un cínico es más peligrosa que un mono con ametralladora. Hay que tener mesura y prudencia para usar el conocimiento.”

—Excelente frase pero, bueno, volviendo a lo de antes —dice Soledad— estoy de acuerdo contigo, no debemos volver a repetir lo que hicimos, pero tampoco nos vamos a esconder de nadie. Que hablen lo que quieran. Tenemos casi 20 días por delante para tomar un café juntos por la tarde y charlar un poco de todo. Tengo la impresión que serán charlas que nos enriquecerán a ambos pues  puedo enseñarte cosas de la filosofía teórica que desconoces y yo aprenderé de tu sabiduría callejera de la vida que no es menos importante.

—Estupendo, Soledad, me hará muy feliz hablar contigo de todo pues te tengo un gran afecto y un enorme respeto como ser humano. Eres una mujer excepcional y estoy seguro que si tienes alguna dificultad en la relación con tu marido, sabrás encontrar el camino para no sentirte frustrada.

—Ojalá, Rodrigo, pero no es tarea fácil doblegar la tozudez fanática de un hombre que cree saberlo todo. El error está presente en nuestras vidas y es necesario reconocerlo para no volver a cometerlo pero en mi marido sobran la soberbia y la arrogancia.  Es un hombre sin dudas que no reconoce errores. Todo en él son certezas, seguridad en sí mismo. Y yo siempre he desconfiado de las personas que tiene respuestas para todo. Prefiero a quienes tienen más preguntas que respuestas. A veces se me ocurre que mientras se inventan robots que se parecen a los hombres, mi marido se parece cada vez más a un robot. Y desde luego es muy sano psicológicamente porque le gusta cómo es, se gusta a sí mismo y no se cuestiona nada.

Y a partir de ese día Soledad y yo, sentados en la cafetería del barco, bien a la vista de todos, disfrutamos de largas conversaciones al lado de un gran ventanal por el que vemos el inmenso Océano. Se está poniendo el sol en una tarde espectacular. El gran círculo rojo se está escondiendo en el horizonte de mar, se hunde en el agua. Todos ven la belleza del sol escondiéndose y lo comentan con alegría. Yo veo el paso del tiempo en ese sol que se oculta. Otro día ganado, dicen los enfermos terminales que esperan a la muerte. Otro día perdido, digo yo, que estoy esperando a la vida. El tiempo que es un reloj que nunca se detiene.

Soledad y yo hemos ido anudando una hermosa amistad. Ella es una mujer muy culta e interesante. Dice que busca los significados escondidos en las palabras y en los números que ocultan cosas enigmáticas en los libros sagrados. Preveo que aprenderé mucho con Soledad. Me dice que hay que meterse en la Cábala y analizar la creación del Universo desde la misma. Se dice que Adán tenía 40 años cuando fue creado, un número que según la Cábala representa a la tierra. También se dice entre los estudiosos de ese tema que Adán murió a los 930 años, sin alcanzar el número 1000 que representa a Dios. Por eso la Cábala sostiene que la diferencia entre los años vividos por Adán y el número 1000 representa el paraíso perdido, el pecado original. En la Cábala el número 70 es el número del gran secreto. Estos datos místicos los cuenta Soledad de manera fascinante y afirma con rotundidad que el estudio de la Cábala es la búsqueda de Dios a través de los símbolos del Universo y que debería replantearse el papel de los intelectuales que están marcados por el conformismo que impone la cultura fascista, condicionados a ser frívolos y sin autocrítica. Ella se indigna con la actitud complaciente de los profesores universitarios y me dice que el Poder no sabe perder una huelga en la Universidad y cuando ve el peligro de perderla la emprende a palos de ciego con todos los estudiantes sean del color que sean.

Soledad siempre defiende el amor natural y la justicia. Con razón tiene un rostro tan noble. Y es que  a cierta edad uno tiene el rostro que se merece. Ella me ha dicho algo que ha calado en mí. Sostiene que los estímulos que nos llegan con las caricias van al sistema inmunológico y éste se activa para defendernos de enfermedades. Así como si nos golpean pueden destruirnos, las caricias contribuyen a nuestra buena salud. Ella es una mujer sabia y aprendo muchas cosas con ella. Otra observación que me hace notar, me dice, es que jamás hubo una hambruna grave en países gobernados democráticamente porque los pueblos hallan soluciones cuando el pueblo gobierna. Las hambrunas se dan siempre en países gobernados por tiranías de políticos corruptos, militares dictadores,  monarquías regidos por reyezuelos de pacotilla o democracias falseadas.

A Soledad le preocupa el medio ambiente y me dice que la naturaleza, por ahora, ha soportado los excesos del hombre pero no siempre será así. Ya está dando avisos. Hasta aquí el planeta aguantó los ataques del hombre y permitió la reproducción de los medios para alimentarse y sobrevivir, pero hay indicios en forma de terremotos, huracanes e inundaciones que indican un final catastrófico para el planeta si no se pone freno a la insensatez del hombre. La ciencia y la tecnología  han traído más bienestar para algunos pero grandes hambrunas para otros. El futuro no va a tener términos medios, o nos salvamos todos o ninguno.