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La Confesión

 

Rodrigo estaba tratando de recomponer sus ingresos y lo intentaba todo. Organizó un grupo de cuatro chicos y se iban a la huerta a buscar fruta, patatas o lo que fuera. No robaban, Rodrigo no quería robar. Llegaban a una casa de la huerta y preguntaban:

 

—Buenas tardes, señor. Buscamos algo para comer, alguna fruta o lo que sea. Pero no se preocupe, no somos ladrones ni pedimos limosna. ¿Tiene usted algún trabajito para hacer? ¿Quiere que le limpiemos la acequia de malezas o que saquemos las piedras de la tierra o mudar de lado alguna cosa pesada? Somos cuatro. Podemos ayudarle en lo que sea y no cobramos nada. Sólo la voluntad.

 

A veces salía algo. Después de recoger las cosechas siempre quedaban frutos sueltos por las copas de los árboles o lugares incómodos para alcanzarlos. Si les daban permiso se trepaban como monos y a veces se hacían con varias docenas de naranjas, manzanas, peras, etc. Cuando se levantaba la cosecha de patatas, algún propietario los dejaba escarbar la tierra y de vez en cuando aparecían trozos de patatas partidas por la azada y hasta algunas que estaban enteras. Las comían crudas. Todo se repartía a partes iguales por un procedimiento justo: Se extendían en el suelo las frutas y cada uno elegía por turno una unidad. Se empezaba por elegir las más grandes y sanas y terminaban con las más chicas y semipodridas. En la casa de Rodrigo no se tiraba nada. Todo iba a la olla, las patatas con su piel, las habas con su vaina. Las ciudades españolas no tenían casi basura porque ningún alimento se tiraba y tampoco papel, cartón o pieles de naranjas que se podían vender al trapero. Un día iban los cuatro amigos por la huerta y los paró la Guardia Civil. Fue un gran susto.

 

—¡Alto ahí! ¿Adónde creéis que vais? ¿Es que tenéis alguna propiedad por aquí? _les preguntaron con sorna a los niños.

 

 En aquellos años la Guardia Civil tenía piedra libre para actuar y era durísima.

 

—No, señor, pero no somos ladrones _explicó Rodrigo_ Puede usted preguntar en aquella casa de allí que es la del tío Pepe Benítez y podrá comprobar, señor guardia, que no robamos. Nos ofrecemos para pequeños trabajos sólo por la voluntad o pedimos permiso para buscar alguna fruta que queda en los árboles después de levantar la cosecha, pero nunca hemos robado nada.

 

—¿Pero creéis que vamos a tragarnos eso? Si pasáis cerca de un árbol con frutas y no estiráis el brazo para robar algunas es que nosotros dos somos San Pedro y San Pablo ¿Nos habéis tomado por tontos?

 

—Señor guardia, es la verdad, pregúntele al tío Pepe. Fíjese, desde su casa nos está mirando ahora. Hablen con él.

 

—Bueno, no importa. Aunque sea verdad. Está prohibido circular por la huerta y el campo en grupos. Sólo podéis hacerlo de uno en uno. Por esta vez no os llevamos al Cuartel porque no estábais avisados, pero si volvemos a encontraros ya sabéis que al Cuartel de la Guardia Civil se sabe como se entra pero no como se sale. Así que vuelvan a casa y mucho ojo.

 

A Rodrigo no le atraía ir a Misa pero en un pueblo pequeño de aquellos años el ir a Misa era inevitable o quedaba uno marcado ante la sociedad. El Cura de la Parroquia tenía mucho poder, de cualquier parroquia, y controlaba casa por casa. Era de nuevo la Santa Inquisición aunque ahora fuera sin hogueras. Había que cuidar las apariencias para no parecer un rojo porque eso sería fatal, pero a Rodrigo no le atraía la Iglesia y lo había ido postergando. Le gustaba sentirse libre de obligaciones, sobre todo los domingos en la mañana que eran cuando se armaban los grandes partidos de fútbol entre chicos. Pero un día el Cura lo llamó:

 

—Oye, tú, a ti no te he visto nunca por la Iglesia ¿Cómo te llamas?

 

—Rodrigo, señor Cura.

 

—No me digas señor Cura, dime Padre ¿Adónde vives?

 

—En el callejón de Barberos, al lado de la carpintería.

 

—¡Ay, con razón! Tú eres el hijo del comunista.

 

—Socialista, Padre _corrigió suavemente Rodrigo.

 

  —¿Y cual es la diferencia? Es todo la misma basura, rojos y basta. Y dime: ¿Es que acaso tu padre no te deja ir a Misa?

 

Rodrigo se llevó un susto mayúsculo y tembló pensando que por no ir él a Misa se volvieran a llevar preso a su padre.

 

—¡Qué va, Padre, al contrario, siempre me está riñendo para que vaya con más frecuencia a la Iglesia! _mintió Rodrigo muy asustado.

 

—¿Y por qué no vas a Misa ni al Catecismo por las tardes?

 

—A Misa voy todos los domingos _mintió otra vez Rodrigo_ lo que pasa es que usted no me ve porque hay mucha gente.

 

—Pero cuando termina la Misa yo me pongo en la puerta de la Iglesia para saludar a los feligreses de mi Parroquia y no te he visto nunca.

 

Era verdad. Los curas se ponían en la puerta para controlar quien iba a la Misa. La gente hacía tiempo en la puerta de la Iglesia para que el Párroco se pusiera la sotana y acudiera a la puerta para una especie de besamanos. Uno por uno todos pasaban a besarle la mano al Párroco y cruzar unas palabras de saludo con él.

 

—Será que usted no se ha fijado o no se acuerda de mí, pero voy todos los domingos. Lo que pasa es que me voy enseguida que termina la Misa, antes de que usted vaya a la puerta de la Iglesia.

 

—Pues palabras no te faltan. Dime, ¿Sabes leer y escribir?

 

Rodrigo se sintió muy ofendido:

 

—Padre, casi he terminado toda la escuela primaria y estoy tomando lecciones nocturnas.

 

—¿Y sabes algunas oraciones?

 

—Sí Padre, sé el Yo Pecador, el Credo y la Salve.

 

—Bien, bien, eso está bien ¿Adónde lo has aprendido si no vienes al Catecismo?

 

—En el Colegio, Padre. Antes iba de día pero ahora voy sólo de noche.

 

—¿Por qué no vas de día?

 

—Pues es que como mi padre no encuentra trabajo porque dicen que es rojo, de día tengo que buscar comida para mí y mis hermanos. Somos seis.

 

—Bueno quiero verte por la Iglesia ¿Has hecho la Primera Comunión?

 

—Sí, Padre, pero no de blanco.

 

—Eso no importa ¿Te confiesas a menudo?

 

 —Sí, señor Cura.

 

—Ya te dije que no me llames señor Cura, llámame Padre.

 

—Sí señor Cura, perdone, me había olvidado, digo, perdone señor Padre.

 

—¿Cada cuánto tiempo te confiesas?

 

Rodrigo mintió. Sólo se había confesado una vez, cuando comulgó hacía ya mucho tiempo.

 

—Una vez por mes, poco más o menos.

 

—Mal, muy mal. Te espero a confesarte y en adelante lo harás una vez por semana si tienes pecados veniales o inmediatamente que hayas cometido un pecado mortal. No olvides que si te mueres en pecado mortal vas al infierno por toda la eternidad.

 

Rodrigo pensó en ese momento que tenía tanta hambre y tanto frío, que si en el infierno había algo de comida y un buen fuego no sería tan malo como lo que él tenía. También reflexionó que si el Cura sabía que su padre era rojo convenía obedecerlo no fuera que llegara a creer que en casa no lo dejaban ir a la Iglesia. Así que al cabo de unos días fue a confesarse a la Iglesia.

 

—Ave María Purísima _empezó Rodrigo.

 

—Sin pecado concebida ¿Cómo te llamas?

 

—Soy Rodrigo, Padre, hablé con usted hace unos días.

 

—¡Ah, sí! El hijo del comunista.

 

—Socialista, Padre.

 

—Pero bueno, ya estamos otra vez con esa manía ¿Cuál es la diferencia? ¿No son todos rojos?

 

—No sé cual es la diferencia, Padre, pero mi papá dice que él no es ni ha sido nunca comunista.

 

—Bueno, dejemos eso. ¿Cuánto hace que no te confiesas?

 

—Hace un mes _mintió Rodrigo y para hacerlo más creíble perfeccionó la mentira_ hace un mes y cuatro días.

 

—Demasiado. Como te dije, en adelante lo harás cada semana y cada vez que estés en pecado mortal.

 

—Yo no tengo pecados mortales, Padre.

 

—Cuando me confieses tus pecados yo te diré si son mortales o veniales. No te metas con mi trabajo. Ahora dime, Rodrigo ¿Qué pecados tienes? En un mes y cuatro días debes haber hecho de todo. A ver, cuéntame.

 

—Pues a veces me olvido de rezar antes de acostarme.

 

—Muy mal, debes rezar y pedirle a Dios por ti y tus hermanos.

 

—Y por mi papá.

 

—Sí, por qué no, también por tu papá que lo necesita mucho por ser comunista.

 

—Socialista, Padre _corrigió suavemente Rodrigo.

 

—¡Vaya con el niño! Eres cabezón ¿Eh? Ya te dije que comunistas y socialistas son todos de izquierdas, todos la misma porquería que tanto daño le han hecho a España y a la Santa Madre Iglesia. Bien, ¿Qué otros pecados tienes?

 

—Siento mucha envidia de los niños ricos que tienen mucha comida.

 

—La envidia es un pecado capital. Tenemos que aceptar los designios de Dios Nuestro Señor. Quizás esos niños a quienes envidias merezcan más que tú lo que tienen. O tal vez sus padres lo merezcan más que el tuyo. La envidia de los pobres hacia los ricos ha traído a España grandes desgracias. En una sociedad cada cual tiene su sitio y hay que aceptarlo porque así lo ha querido Dios. No envidies, sólo reza y esfuérzate por mejorar. Dios siempre ayuda a los que se ayudan a sí mismos.

 

—Sí, Padre.

 

—¿Pero te esfuerzas lo necesario?

 

—Creo que sí, Padre, trabajo desde los nueve años, no he parado nunca. Los chicos que están en la calle buscando comida como yo, no saben leer ni escribir. Mientras estuve en la escuela primaria, fui siempre el primero de la clase y sé las cuatro reglas, sé números quebrados y he aprendido la regla de tres.

 

El cura, que seguramente no sabía la regla de tres ni quebrados, se rascó la cabeza pensativo:

 

—Sí, hijo, creo de veras que te has esforzado. Dime que otros pecados tienes.

 

—Pues a veces digo mentiras.

 

—¿Qué clase de mentiras? ¿Graves? ¿Has calumniado a otra persona?

 

—No, Padre. A veces les digo a mis hermanos que ya he comido para darles mi comida.

 

El Sacerdote se conmovió

 

—Pero eso no es pecado, hombre. Al contrario, es una buena obra. Ya me he dado cuenta que eres un buen chico y veré en qué puedo ayudarte.

 

Ven a verme una tarde de éstas. Estás muy delgado ¿Cuántas veces comes al día?

 

—En casa nunca tenemos seguridad si habrá o no comida. A mediodía casi siempre hay algo, aunque sea muy poco. Pero cena casi nunca y desayuno nada. En general sólo comemos algo una vez al día.

 

—Bueno, ven a verme mañana tarde a la salida del catecismo y te daré merienda. Ahora dime, ¿Te tocas?

 

—No entiendo su pregunta, Padre ¿Adónde tengo que tocarme? _preguntó Rodrigo.

 

—No te hagas el que no sabes porque ya me he dado cuenta que eres listo ¿Te tocas la cosa de orinar? _preguntó el cura.

 

—Sí, Padre, me la tengo que tocar para poder orinar.

 

—No es eso, hombre ¿Te la frotas y te da gusto?

 

—No, Padre, ya sé lo que quiere decir. Algunos amigos míos mayores lo hacen pero yo no siento nada especial al tocarme.

 

—Bien, si alguna vez te tocas y te da placer, eso es un gran pecado mortal, uno de los peores pecados. Debes venir inmediatamente a confesarte si lo haces. No te frotes nunca pues te puedes enfermar gravemente, te puedes volver loco y te saldrán pelos y granos purulentos por todas partes.

 

—Descuide usted Padre que no lo olvidaré.

 

—Ahora te vas delante del Altar y rezas un Padre Nuestro con los Ave Marías, una Salve y un Credo. Y el Padre Alberto lo bendijo: Ego te absolvo, etc. etc.

 

Y así fue como Rodrigo descubrió la masturbación. Después de las detalladas lecciones recibidas, fue a su casa, se frotó la cosita de orinar como le había indicado el Cura y le resultó tan satisfactorio que luego no podía parar cada día.