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Nuevo Combustible

 

—¿Qué hacéis atajo de inútiles? Buenas tardes _saludó «el probeta».

 

—No empieces ya, Jesús _le replicó Vicente.

 

—¿Y tú cuando te vas a casar? Llevas de novio desde que tenías pañales. Vas a hacer vieja a esa pobre chica y se te pasan los años sin hacer nada. Lástima que siendo tan bonita se haya fijado en un vago como tú ¿La has llevado al oculista?

 

—No te metas con mi novia, imbécil ¿Cómo quieres que me case si no tengo ni dos pesetas para un café?

 

—Pide un café fiado a Luisito _le dijo Jesús.

 

—No me fía más, le debo cinco cafés _señaló Vicente.

 

—Es porque no sabéis pedirlo. Los pobres temen a la autoridad, hay que pedir con autoridad, no lastimeramente. Yo también le debo cinco cafés pero ahora verás.

 

—¡Luis, venga usted para acá! _tronó «el probeta» con energía.

 

—Mande usted, Don Jesús _vino enseguida humildemente el camarero.

 

—Tráigame inmediatamente un café bien caliente y bien cargado y anótelo en mi cuenta ¡Y no me haga esperar!

 

—Volando, Don Jesús ¡Marche un café bien caliente y bien cargado! _gritó Luis.

 

El hombre que estaba detrás de la barra y que tenía que preparar el café le comentó al camarero:

 

—Yo no sé cómo toleras que ese calvo te trate así.

 

—Es que sabe pedirme las cosas como un caballero. Tiene clase y categoría _dijo Luis

 

—¿Veis? ¿Os habéis dado cuenta de cómo es el asunto? Ahora prueba tú, Rodrigo, y pide un café fiado por favor y con educación como es tu costumbre _le dijo Jesús.

 

 —Luisito _llamó Rodrigo al camarero_ ¿Me fiarías un cafecito, por favor?

 

—Ya empezamos, ya estamos otra vez con el fiado ¿Pero es que os habéis creído que yo soy el Banco de España? Me tienen harto con el fiado. Te lo voy a traer pero es la última vez _amenazó Luisito «el corto».

 

—¿Está claro? _dijo «el probeta»_ Los pobres sólo entienden la voz de mando. No se debe tratar a un criado como a un señor. Tenéis que parecer autosuficientes aunque seáis una ruina de personas. Es preferible una dosis excesiva de autoestima que esa lástima que sentís por vosotros mismos que hasta el camarero la percibe a pesar de sus pocas luces. Dan ganas de daros una limosna. Y no más lecciones gratis.

 

—Sos un pedante imbancable. Tenés un suegro con guita y te querés llevar el mundo por delante. Hace muy poco eras un muerto de hambre y ahora parecés un piojo resucitado _le reprochó Osvaldo «el pibe».

 

—Pibe, me estás cansando. Lo único de ti que me atrae es que trabajas la madera, como mi padre. Es el producto más noble que ha dado la naturaleza y te deja un aroma especial. Si no fuera bioquímico hubiera sido carpintero.

 

—Eso es imposible, eres muy bruto para eso. La madera requiere amor y sensibilidad, cosas por cierto muy lejanas a vos.

 

—Bueno, déjense de pavadas, como diría «el pibe», y vamos a hablar en serio. ¿Cómo andas, Jesús, con tus investigaciones sobre el semen de caballo? _preguntó Javier

 

—De momento estoy estancado. Lo retomaré más adelante porque ahora estoy con algo más grande.

 

—¿Más grande todavía que una droga para potenciar el sexo masculino? Eso sería una revolución _comentó Javier.

 

—Mucho más grande _ratificó Jesús «el probeta» con gran énfasis.

 

—¿Y puedes adelantarnos algo?

 

—Sí, pero que no salga de aquí pues hay gente que ha sido asesinada por descubrir algo que afecte los interesas de las grandes corporaciones mundiales.

 

—¿Y qué es eso tan grande? _preguntó intrigado y curioso Vicente.

 

—Pues hace tres días me puse una botella en el trasero y me tiré un pedo adentro. La cerré herméticamente con un tapón ajustado con parafina y una envoltura de lacre. Esta tarde, o sea tres días después, he aflojado el tapón y ha salido disparado con tal fuerza que me ha roto un cristal de la ventana.

 

El grupo no podía aguantar la risa, menos Vicente que cómo había sido el que le preguntó pensó que le estaba tomando el pelo sólo a él. Con cara avinagrada, preguntó:

 

—¿Y adónde vas a parar con eso?

 

—¿No te das cuenta, cretino, que estamos ante un combustible barato e incontaminante que puede cambiar el mundo? ¿No os dais cuenta que podemos cambiar el petróleo que es caro, contaminante y causante de guerras, por el gas humano que es gratis?

 

—¿Y cómo almacenarías el gas humano? _preguntó Tomás muerto de risa.

 

—Eso no es de mi incumbencia, eso es un problema logístico que deben resolver los ingenieros. Pero no creo que fuera tan difícil tener un pequeño bidón en cada retrete con una sencilla válvula que permita la entrada de gas pero impida la salida. Cada vez que te venga el gas, te sientas sobre la válvula del bidón. Después pasarían los camiones del gas humano recogiendo los bidones llenos y dejando los vacíos. Además tendría el beneficio adicional de que nadie fastidiaría una reunión de amigos expeliendo un gas sino que se levantaría discreta y elegantemente y se iría a depositarlo en el envase.

 

—Pero decirme una cosa, muchachos _se dirigió Vicente a todo el grupo excepto a Jesús «el probeta»_ ¿Hasta cuándo vamos a aguantar a este estúpido aprendiz de payaso que se hace el loco para tomarnos el pelo alevosamente? ¿Por qué no lo echamos del grupo de una puñetera vez?

 

—Es simple, Vicente, podrían prescindir de ti que eres un mediocre infradotado sin sentido del humor, pero no de mí que soy un genio. Me tomo cada noche la molestia de venir hasta aquí para desasnaros y alegrar vuestra miserable vida y pierdo mi valioso tiempo sin compensación alguna. No sé por qué lo hago, tal vez es que soy débil y compasivo. Pero sin necesidad de que me echéis, un día de estos no voy a venir más y me daré el gusto de veros venir a buscarme arrastrando por el suelo el poco orgullo que os queda, si es que os queda alguno. Pero algo he aprendido de vosotros. He aprendido que hablando no se entiende la gente.

 

 —Vos pretendés ser un iconoclasta, un rebelde, un transgresor, un satírico volteriano porque es la moda intelectual, pero no te da el cuero. De la genialidad a la estupidez sólo hay un paso y tú lo das todos los días. Sólo sos un payaso _le dijo «el pibe».

 

—No es así, pibe, aunque reconozco que hiciste un buen discurso. Yo uso la sátira para destruir las opiniones de los engreídos y dejarlos intelectualmente en pelotas. A la genialidad o la estupidez sólo las diferencian el triunfo o el fracaso. Y yo voy a triunfar. No lo dudes. A veces pienso que gente como vosotros no puede existir ¿No seréis quizá una visión óptica? Si por lo menos no hablaráis. Me gusta todo lo que no habla, los animales, las plantas, los ríos, las rocas y los sordomudos. Amo a los sordomudos. Creo que intentaré aprender a pescar para no estar con nadie. Pero no os culpo de nada, la culpa es mía por ocuparme caritativamente de vosotros y no lo voy a hacer más pues eso me resta energías creadoras. Estar con vosotros es un desgaste inútil y cansador.

 

—Una vez más te has venido muy escatológico _señaló Julián.

 

—Es que no sabéis quienes sois ni adonde vais. No tenéis identidad y por eso os aferráis a las cosas superficiales. En realidad yo tampoco, lo reconozco. Sólo el campesino se identifica con la tierra y con lo cotidiano. Conocí a un campesino que abrazaba y besaba a los árboles pegando la oreja al tronco para escuchar su savia interior. Todos nosotros, los habitantes de la ciudad, profesionales, estudiantes, empleados, lectores de libros de ideas extraviadas, buscadores de futuros imposibles, jueces que quieren ser poetas y poetas que quieren ser jueces, todos nosotros estamos perdidos en un vacío angustiante y en un disparatado laberinto. Nos mentimos y estamos llenos de pensamientos sórdidos.

 

Y en lo mejor del discurso sucedió lo imprevisto. El trasero de Jesús «el probeta» se alzó un poco del asiento y se pronunció con una sonoridad de barítono tirando a bajo; se levantó después con gran dignidad y dijo:

 

—Detesto decir cosas importantes con solemnidad y sobre todo detesto predicar en el desierto. Mi tiempo es muy valioso. Ahí os dejo eso. Es una parte de mi investigación, un combustible barato y saludable, sin dióxido de carbono. Espero sepan apreciarlo. Adiós para siempre.

 

 —Espera un poco ¿Qué es eso de adiós para siempre? _preguntó alarmado Tomás.

 

—Si no me suplicáis humildemente, a coro, todos, que me quede, no vuelvo más.

 

—Está bien, te suplicamos humildemente que no te vayas _le dijeron.

 

—Así está mejor. Igual no pensaba irme. No es fácil librarse de mí. Sólo orino y vuelvo.

 

Cuando volvió del retrete del bar, comentó Jesús:

 

—¿Habéis visto que han azulejado las paredes de los retretes para que no escriba nadie? Todas las noches los camareros deben lavarlos con lejía. Han terminado con la expresión cultural del pueblo. Con la estricta censura que existe para los libros, ahora ya no podremos leer nada. Al menos teníamos las paredes de los retretes para leer algo interesante.

 

—¿Y dime, Jesús, a quien le vas a vender tu invento del nuevo combustible? _preguntó Julián.

 

—Pues no lo sé, por mi gusto se lo vendería a los países escandinavos que son más civilizados y equilibrados pero son muy educados y comen bien así que no producirán mucho gas. Por el tipo de alimentación pobre en proteínas pero rico en hidratos, España será el país de mayor producción. Lentejas, alubias, garbanzos, vino barato, naranjas, que el mundo se prepare a recibir nuestra producción gasífera. Seremos potencia, entonces sí seremos un imperio.

 

—¿Y si tu invento cae en manos de Rusia? _preguntó de nuevo Julián.

 

—Dios lo impedirá pues le teme a Franco. El gallego cazurro le inspira mucho temor a Dios. Sólo hay un hombre en la tierra que preocupa al Sumo Hacedor. Nadie sabe hasta donde puede llegar el poder del Generalísimo y si éste le dice a Dios que impida que mi creación llegue a manos comunistas, no tengáis dudas que el Señor obedecerá. Además estoy seguro que le alargará la vida a Franco todo lo que pueda pues Dios teme que a su llegada al cielo el gallego se muestre disconforme con la blandura de los Diez Mandamientos, empiece a intrigar y termine dando un golpe de estado de derechas o armando cualquier desaguisado para instalar una dictadura celestial desplazando a Dios del poder. El Embajador del Supremo en la tierra, el Sumo Pontífice, ya está advertido de que evite tener problemas con Franco y que  vea si es posible inducirlo a cometer algún pecado mortal para impedirle la entrada al paraíso. Aunque esto se considera casi imposible.

 

—¿Y qué modificación crees tú que trataría Franco de introducir en los Mandamientos para endurecerlos?

 

—Pues, por ejemplo, a ese Mandamiento que dice: «No desearás a la mujer de tu prójimo», el Caudillo agregará: «Ni a la tuya tampoco».