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La
Ciudad Ideal El
desasosiego de Jesús «el probeta» era su característica principal pues vivía
permanentemente inquieto y lleno de curiosidad por las cosas que no podía
saber. Es por eso que la idea de Dios lo obsesionaba. Con frecuencia rechazaba
la actitud de Javier de querer ser juez pues creía que era una responsabilidad
que lo abrumaría dado su carácter altruista y compasivo, pero al mismo tiempo
lo excitaba un trabajo que le permitía jugar a ser Dios. Hablaban
recurrentemente de ese tema y Vicente que también era un espíritu inquieto,
propuso lo siguiente: —¿Qué
os parece si jugamos a ser Dios? No el Dios celestial pero sí un dios terrenal,
un dios del dinero, un supermillonario que decidiera volcar su dinero en
Orihuela y convertirla en una ciudad ideal que fuera un ejemplo para este
desgraciado mundo lleno de pobreza y de toda clases de necesidades. —La
idea es excelente _dijo Jesús «el probeta»_ pues ya me estaba aburriendo la
reunión de esta noche ¿Cómo organizamos la ciudad ideal? —Pues
por turno _dijo Vicente_ que cada uno aporte las ideas que se nos ocurran para
crear una ciudad feliz. —Está
bien, empieza tú, Vicente, que has ideado este juego de imaginación y fantasía:
—Pues
yo me ocuparé de la salud. En vez de las 25 camas que tiene el hospital, pondría
300 camas o todas las que fueran necesarias y un quirófano completo con todo el
instrumental de última generación. Contrataría los mejores médicos que se
turnarían en una guardia permanente las 24 horas y la cantidad de ambulancias
necesarias para acudir en auxilio de los enfermos en apenas unos pocos minutos.
Por supuesto que todo gratuito. Y fomentaría la medicina preventiva con análisis
y chequeos anuales. El hospital debería tener una farmacia con todos los
medicamentos necesarios así como un equipo de médicos y enfermeras para atención
domiciliaria. La atención de la salud sería una prioridad absoluta. —Pues
yo _señaló «el pibe»_ me ocuparía del empleo. Crearía industrias para que
nadie careciera de un empleo pues considero que el trabajo es imprescindible
para la salud física y mental. Un desocupado se siente inútil, se avergüenza
ante su familia y termina enfermándose psíquicamente. La jornada laboral seria
solamente de cinco horas continuadas, dejando el resto del día para el ocio
creativo como la lectura, los deportes y el disfrute de la vida familiar. El
empleo tendría la remuneración suficiente para llevar una vida digna y tendría
carácter de vitalicio para darle al trabajador la estabilidad emocional que
surge de la seguridad en el futuro. También le aseguraría una jubilación que
impidiera bajar su nivel de vida en la vejez. —¿Y
no creéis _objetó Julián_ que cuando los trabajadores supieran que su empleo
está asegurado, se volverían negligentes y no rendirían en su trabajo? —¡Ya
salió el economista! _protestó Jesús_ ¿Por qué arruinas nuestros sueños?
¿Por qué no terminas con que todo debe ser rentable y eficiente? Con tu
criterio nadie se casaría pues el matrimonio no es rentable ni eficiente. El
tema es materia opinable pero a mí me parece que el hombre se vuelve egoísta y
malo por el miedo a un futuro inseguro. Si todos tuvieran trabajo asegurado y
pudieran satisfacer sus necesidades urgentes como la subsistencia, el vestido,
la salud, la vivienda, la enseñanza de los niños, etc. ¿Para qué necesitarían
ser egoístas y corromperse para acumular riquezas si tienen lo necesario? No
niego que pudiera ocurrir lo que tú dices pero el experimento valdría la pena
pues creo que un hombre agradecido a su empresa le rendirá más que uno que se
siente maltratado e inseguro en el empleo. Además, si decidimos arriesgar
dinero en soñar no jodas nuestros sueños. —Está
bien _siguió Julián_ Dejaré de lado mi deformación profesional de economista
y fantasearé con vosotros. Planificaré una buena enseñanza para todos, niños,
jóvenes y mayores y me dedicaré con entusiasmo a contratar los mejores
profesores y equiparía las escuelas de primera y segunda enseñanza con los
mejores libros y materiales para aprovechar al máximo la capacidad intelectual
de los alumnos. Y también fundaría una Universidad de Orihuela que tanta falta
nos hace, con una gran biblioteca y los mejores profesores universitarios.
—Pues
como no todos los alumnos de primera y segunda enseñanza tendrán vocación o
capacidad para estudios terciarios, yo me ocuparía de organizar las mejores
escuelas técnicas para formar buenos profesionales en todas las ramas _fue el
aporte de Rodrigo. —A
mí me gustaría _dijo Tomás_ ocuparme de organizar la mejor asistencia social
casa por casa y les pagaría un buen sueldo a un grupo de personas que tuvieran
vocación de ayuda al prójimo, personas de probados buenos sentimientos que
ayudaran a domicilio a ancianos solos, impedidos, enfermos crónicos, etc. —Mi
deseo _aportó Javier_ sería fundar una Escuela de Bellas Artes para fomentar y
apoyar las vocaciones artísticas como literatura, pintura, música, teatro,
etc. —¿Y
tú, Jesús, qué harías por Orihuela para convertirla en una ciudad ideal si
tuvieras mucho dinero? _le preguntaron. —Yo
instalaría la mejor casa de putas de España, todo gratis y con garantías de
salud e higiene _dijo Jesús «el probeta». —¡Pero
será posible que seas tan bruto! _le reprochó Vicente. —Es
una broma, hombre, estaba disfrutando mucho con una fantasía tan hermosa. Pero
habéis completado tanto y tan bien la ciudad feliz que no queda nada por
agregar. Así que mi aporte será quitarle algo que arruina a las ciudades.
Eliminaré a los funcionarios corruptos pues todos nuestros sueños se irían al
canasto de la basura con sólo unos pocos hombres deshonestos en funciones de
gobierno. En esa ciudad modelo debería existir un control implacable para
detectar a políticos corruptos y sacarlos de la ciudad a patadas. Y no debería
ser necesaria una Comisaría ni sus policías. Las faltas serían sancionadas
con el repudio y la amonestación publica que avergonzarían a los infractores
ante la comunidad. Los reincidentes serían expulsados de la ciudad feliz como
hizo Jesús con los mercaderes en el Templo. La ciudad feliz sólo estaría
habitada por gentes solidarias, compasivas y llenas de amor al prójimo. —¿Y
qué haremos con los Curas? _preguntó Vicente_ ¿Tendremos Curas? —Adonde
hay gente siempre hay religiones pero en nuestra ciudad feliz habrá tan pocos
pecados que los sacerdotes se aburrirán y se buscarán un segundo empleo.
—¿Puede
este humilde camarero decir algo? _preguntó algo molesto Luis «el corto». —Pues
claro que sí, hombre di lo que quieras. —Con
todos los respetos, yo sé que mi profesión es muy humilde pero ustedes bien
que se aprovechan de ella para pedirme todo el tiempo fiado. Sin ir más lejos,
ahora mismo esos cafés que están tomando no me los van a pagar hoy. Pero en
sus planes no he oído una sola mención sobre la sufrida clase de los camareros
ni han dicho si existirán las cafeterías y los bares en la ciudad esa que están
inventando con no sé cual dinero. Son ustedes unos desagradecidos y opino,
modestamente y siempre con el mayor respeto porque uno es educado y no es de
ofender, que en esa ciudad feliz la ingratitud debería ser considerada una
falta grave digna de amonestación pública. Pues eso. —Bueno,
hombre, no te enfades _le dijo Javier_ Es que no vemos qué utilidad pueden
tener los bares para unas personas que serán felices en sus hogares. —Don
Jesús _preguntó el camarero_¿Es usted feliz en su casa con Matilde? —Claro
que sí, muy feliz _respondió «el probeta». —¿Y
por qué tiene usted necesidad de venir todas las noches al Café Colón?
_preguntó Luis. —Para
estar con los amigos _replicó Jesús. —Pues
ahí tienen la respuesta. Para eso son las cafeterías terminó rotundo Luis. —Está
bien, es muy inteligente lo que has apuntado _dijo «el probeta»- Seguirán
existiendo los bares y cafeterías pero serán atendidos por camareros de
primera que aprenderán bien su oficio en las escuelas profesionales que
organizará Rodrigo. —Y
propongo _dijo Vicente_ que Luis sea uno de los profesores para formar buenos
camareros como él. —Eso
está bien _se conformó ufano el camarero_ pero deseo agregar algo como para
justificar la existencia de las cafeterías. ¿Recuerdan ustedes al «maño»,
ese viejo Cura de 90 años que vivía solo y se pasaba las tardes en la puerta
de la cafetería del Juzgado con un gran vaso de agua y una pequeña copita de
anís?
—¿Ese viejo Sacerdote retirado que falleció la semana pasada? —Sí,
el mismo _aclaró Luis_ El dueño de la cafetería le guardó el secreto durante
40 años. En la copita estaba el agua y en el gran vaso el anís. He ahí un
hombre solitario, sin familia, para el cual la cafetería era su hogar. —Muy
bien, Luisito. Creo que hemos estado subestimándote _lo halagó Javier. —Pues
deseo agregar algo más para la ciudad feliz _insistió el camarero. —Adelante,
explícate. —En
esa ciudad feliz debería hacerse algo para que no hubiera parejas infelices,
algo para que siempre fuera excelente la relación matrimonial _aportó Luis «el
corto». —¿Y
qué sugieres? —No
se me ocurre nada _dijo el camarero_ pero a mí, por ejemplo, me molesta mucho
no poder abrazar a mi Felisa y acariciarle las tetas al mismo tiempo. Si le
quiero acariciar los pechos estando los dos de pie, tengo que poner las palmas
de las manos hacia delante como si en vez de estar abrazándola la estuviera
rechazando. Si uno pudiera cambiar las cosas fantaseando, a mí me gustaría que
las mujeres tuvieran las tetas en la espalda para sobárselas a mi Felisa
mientras la abrazo. —Pero
Luisito, eso no puede ser _le dijeron entre risas_ Si las mujeres de nuestra
ciudad feliz tuvieran los senos en la espalda ¿Cómo iban a amamantar a sus
hijos? —¡Pues
es verdad, no lo había pensado! _exclamó Luis. —Yo
tengo la solución _dijo Jesús «el probeta» cuya imaginación erótica no
conocía límites_ Las mujeres de nuestra utópica ciudad modelo, para complacer
a sus hombres, tendrán cuatro tetas, dos en el pecho y dos en la espalda. Y
todos aprobaron con entusiasmo esta sabia solución celebrándolo con una vuelta
de cafés fiados por Luisito «el corto».
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