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La
Boda En
Orihuela hubo una boda por todo lo alto, una boda de postín a la que asistieron
las más altas autoridades civiles y eclesiásticas. La obesidad de Matilde
quedaba disimulada tras los muchos pliegues de un gran vestido de raso blanco y
de su cuerpo sólo quedaba al descubierto su cara redonda y su hermosa sonrisa
de dientes blancos. El maquillaje disimulaba el lunar y estaba realmente guapa.
Jesús «el probeta» esta vez no parecía un paleto endomingado. Llevaba puesto
un perfecto traje oscuro bien cortado y hecho a medida y lo ayudó a vestirse el
propio sastre. Al terminar de vestirse fue invitado a mirarse en el gran espejo
de cuerpo entero pero él rechazó la invitación y salió serio hacia la
Iglesia sin saber si el traje le quedaba bien o mal. Le habían puesto una
corbata de lazo. Decía Jesús que ese lazo en el cuello solo lo usaban los que
mandan y los que obedecen, los amos y los criados; y él no pertenecía, ni
pertenecería jamás, a ninguna de esas dos especies. Jesús siempre repetía
con obsesión que él no quería dar órdenes ni recibirlas, no quería ser dueño
ni esclavo de nadie. La
boda fue rumbosa y Jesús invitó a sus seis amigos de la tertulia que comieron
hasta hartarse y se pasaron un poco de copas. Don Rogelio envió generosamente
grandes cantidades de viandas y golosinas al Asilo de Ancianos Desamparados y a
todos los centros de beneficencia y durante muchos meses se siguió hablando de
aquella boda de la que unos decían que era muy romántica por unir a una
persona muy pobre con una muy rica y otros decían que había sido una boda
interesada y de conveniencia. Ya se sabe que nunca llueve a gusto de todos. Jesús
y Matilde, o Matilde y Jesús pues «tanto monta...», viajaron a Madrid por una
semana y se alojaron en un hotel de la Gran Vía, tomaron el aperitivo en Perico
Chicote, comieron en los restaurantes de alrededor de la Plaza Mayor y fueron a
ver espectáculos nocturnos de Revistas teatrales y
«tablaos» flamencos. Y, sobre todo, hicieron el amor insaciablemente, día
y noche, devorándose mútuamente. Jesús vivió la emoción de iniciar a una
virgen y Matilde vivió la locura de sentirse dueña y señora de un hombre para
ella sola. Y no de un hombre cualquiera sino, según ella, del mejor. Y podía
preverse que ella se enamoraría de él pues ya casi lo estaba cuando le dijo a
su padre que le hablara. Pero lo imprevisible es que Jesús «el probeta», que
fue al casamiento como si lo llevaran al matadero, se volviera loco de amor por
aquella gordita del lunar en el bigote y el ánimo bien templado. Cada mañana
ella pedía el desayuno en la habitación y se lo servía a su marido en la
cama. Mientras «el probeta» saboreaba el café con leche, los churros, los
bollos, las tostadas con mantequilla y mermelada, Matilde metía la mano bajo la
sábana y le preguntaba: —¿De
quién es este bichito? —Tuyo,
mi amor _contestaba «el probeta» —Pues
lo quiero ahora. —¿Otra
vez? —Sí,
otra vez y otra y otra. Ya te avisé que no te iban a quedar más ganas de ir de
putas después de estar conmigo _se reía Matilde. —Ni
de putas ni de nada. A este paso no voy a poder ni moverme de la cama. De
Madrid se fueron una semana a Barcelona y se alojaron en un hotel en el Paseo de
Gracia. Se dieron la gran vida comiendo y bebiendo de lo mejor, pasearon por las
Ramblas y cuando bajaban por las mismas él miró insistentemente hacia la
derecha y ella entonces le preguntó: —¿Quieres
ir de putas? —Pero
no, mujer, miraba sólo por curiosidad. —Si
estás con ganas volvamos al hotel _le dijo ella siempre riendo. —Pero
que no, mujer, que eso se terminó para mí. Nunca he ido de putas por placer
sino por necesidad. Comieron
mariscos en la Barceloneta, visitaron despaciosamente todo el Barrio Gótico, se
fotografiaron ante la Catedral con uno de esos fotógrafos con guardapolvo gris
que metían la cabeza en un cajón de madera y se la tapaban con una tela negra
y cuyas fotografías enseguida se ponían amarillas _qué hermosa metáfora la
de Miguel Hernández: «El tiempo se puso amarillo sobre tu fotografía»_.
Visitaron la Sagrada Familia inacabada, admiraron a Gaudí y finalmente
regresaron a Orihuela. La pareja que volvió eran dos personas absolutamente
distintas a las que se habían ido. Los padres de Matilde estaban muy inquietos
por si la relación no había funcionado bien, pero apenas vieron a su hija
bajar del tren comprendieron que la palabra dada por Jesús de que respetaría a
Matilde y trataría de hacerla feliz se estaba cumpliendo con creces. Cuando Don
Rogelio abrazó a su hija le preguntó al oído: —Dime
la verdad, hija ¿Qué tal te ha ido? —Maravilloso,
papi, es el mejor hombre de la tierra. El
viejo abrazó emocionado a su yerno y le dijo: —Has
cumplido como un hombre cabal. Ahora me toca a mí cumplirte. Tendrás tu
laboratorio moderno y todo lo que tú quieras. Nunca había visto a mi hija con
esa sonrisa. Voy a hacerte socio del casino y elevarás el nivel de tus
relaciones. —De
eso ni hablar _le cortó muy seco «el probeta»_ Vamos a poner algo en claro
desde ahora mismo. Me he enamorado de Matilde, la amo y la voy a hacer feliz. Y
no tengo un duro. Pero usted no va a dirigir mi vida. No me gusta el casino ni
quiero otras relaciones que las que tengo con mis amigos en nuestra tertulia
diaria del Café Colón. No permitiré que me convierta usted en un mequetrefe
de corbata diaria. Soy un Bioquímico, un investigador, un científico y hasta
ahora mi vida era un rompecabezas. Gracias a Matilde lo estoy armando y estoy
encontrando mi lugar en la tierra. Hasta ahora sólo era un náufrago, estaba a
la deriva, perdido como todos los que no logran armar el rompecabezas de su
vida. Pero, por favor, Don Rogelio, soy muy rebelde a que me manejen como un títere,
respete usted mi manera de ser y no tendremos jamás un problema. Matilde
que estaba a unos metros con su madre y unas amigas, advirtió que algo estaba
ocurriendo pues Jesús le hablaba a Don Rogelio con gesto muy adusto. Se acercó
alarmada: —¿Qué
pasa? —Nada
hija, yo sólo dije que iba a hacerlo socio del casino y le sentó muy mal _dijo
el buen hombre tímidamente.
—Jesús
tiene razón, papi. Deja de hablarle en ese tono protector y dirigente de: «te
voy a hacer esto, te voy a dar lo otro». Jesús tiene mucha personalidad y no
le gusta que lo manoseen. Así es mi marido y así me gusta a mí que sea. Y
luego, dirigiéndose a Jesús: —Y
tú no seas tan quisquilloso porque ser socio del casino será una necesidad
para que yo pueda ver a mis amigas aunque sólo sea en la cena y baile de fin de
año. Además a veces hay exposiciones y conferencias interesantes y no voy a ir
sola estando casada. Pero nadie pretende que vayas todos los días al casino.
Precisamente detesto a los chismosos de casino diario. Y
cuando se quedaron solos agregó: —No
es bueno ser tan susceptible. ¿Cómo va a intentar manejar tu vida el buenazo
de mi padre si ni siquiera sabe manejar la suya? Ya lo irás conociendo, es un
santo. Y
así, como sería siempre en el futuro, Matilde se adueñó de la situación y
dirigió todo con mano maestra. Nadie podía despertar a su hombre que dormía
hasta que le diera la real gana. Cuando Jesús «el probeta» se despertaba,
bostezaba ruidosamente para avisar que estaba listo para el desayuno. Ella le
llevaba a la cama el periódico y el café con leche, bollos, tostadas,
mantequilla, mermelada y frutas frescas del tiempo. Se quedaba con él y
mientras desayunaba ella deslizaba su mano regordeta bajo la sábana y
preguntaba: —¿De
quién es este bichito? —Tuyo,
mi amor. —Pues
lo quiero ahora. —¿Otra
vez? Jesús
le entregó a su suegro una lista de lo que necesitaba y le dio la dirección en
Murcia adonde se podía comprar todo. Su suegro hizo el pedido, llegaron las
cajas y las subieron al ático de la casa que tenía cien metros cuadrados. Lo
dividieron en dos con un tabique dejando una ventana en cada sección. En una
parte quedaron los jamones, embutidos caseros, frutos secos de propia cosecha,
sacos de harina, de trigo, de arroz, etc., una abundancia no vista ni imaginada
jamás por «el probeta» y que a él le pareció casi
ofensiva en tiempos de tanta escasez. En la otra parte del ático, 50
metros cuadrados, se instaló un laboratorio completo y moderno. La
vida de Jesús cambió. Amaba y era amado, estaba bien comido y bien vestido.
Dormía hasta el mediodía, se encerraba en su laboratorio toda la tarde y en la
noche iba al Café Colón a la reunión con sus amigos. Aceptó vestirse mejor
pero rechazó absolutamente la corbata que, según él, era una mariconada. Sólo
se la ponía, de muy mala gana, si tenía que acompañar a Matilde al casino
pues esa prenda era obligatoria. Y desde luego siguió sin mirarse en los
espejos. Lo
que no cambió mucho es que ni antes tenía un duro ni ahora tampoco pues ni su
suegro ni Matilde le querían dar dinero por su fama de putero. Pero para un café
siempre tenía y él no necesitaba más. Además, Luisito «el corto», el buen
camarero, siempre le fiaba un café. «El probeta», después de un tiempo de
casado, probó un par de veces a mirarse en el espejo grande. Quiso comprobar si
su nuevo estado le había proporcionado una cara que le gustara un poco más que
la de soltero, pero soltó una imprecación cuando advirtió que ahora era peor.
Antes tenía cara de imbécil autosatisfecho, ahora sólo de imbécil.
Finalmente ordenó a la sirvienta que sacara de su habitación todos los espejos
y que sus cosas de afeitar estuvieran fuera del cuarto de aseo. En cuanto a la
ducha, entraba al cuarto de baño sin dirigir la mirada a aquel aborrecido
cristal. Matilde respetaba escrupulosamente todos los deseos de su esposo.
Estaba absolutamente erotizada y además de buscar el «bichito» durante la
noche y durante el desayuno, iba a buscarlo a la ducha cuando Jesús entraba a
darse un baño. Un
día Jesús se le quejó a Matilde de que ésta no le daba dinero para sus pequeños
gastos. —¿Es
que no confías en mí? —No.
Si te doy dinero te irás de putas. —¿Pero
tú crees que a mí me pueden quedar fuerzas para ir de putas? ¿No ves que me
tienes exprimido? —Tú
no te exprimes jamás. Cada vez que te busco te encuentro aunque sólo haga
media hora que lo hicimos. Estás siempre listo, siempre con la escopeta
cargada. Por eso no me fío, estoy asombrada de tu vitalidad ¿Cómo puedo estar
segura de cuales son tus reservas físicas? _le decía riendo. —Está
bien, pero algún día descubriré algo que valdrá millones y no tendré que
pedir fiado un café. Es humillante para un científico de mi nivel. Matilde
se sobresaltó: —¿Pero
es cierto que pides un café fiado? —Tan
cierto como que le debo cinco cafés al camarero y no me quiere fiar mas. —¡Ah
no, eso no! Yo no sabía eso. De ninguna manera, hasta ahí podíamos llegar. No
consentiré que mi marido tome café fiado. Y
a partir de ese día Jesús «el probeta» sabía al salir de casa que en el
bolsillo derecho de la chaqueta habían tres duros que le ponía su mujer.
Matilde estaba informada que ocuparse con una prostituta en los dos burdeles que
había en Orihuela costaba 25 pesetas. Dándole 15 pesetas se sentía a salvo. Pero
realmente Jesús estaba muy enamorado de su «gordita» como él le decía y de
verdad no sentía deseo alguno de volver a los burdeles. Y Matilde estaba bien
atendida porque, según contaba Jesús, la virilidad le venía de casta. Contaba
que su abuelo paterno tenía 95 años y se sentaba en la puerta de su casa a
tomar el fresco en las tardes de verano. Y cuando pasaba una mujer guapa, le
susurraba: ¡Ay,
hija, si yo tuviera diez años menos! |