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El «Big Bang»

 

Jesús «el probeta» recibió con gratitud un ofrecimiento de Osvaldo «el pibe»:

 

—Che, Jesús, mi viejo dice que si el tuyo, Don José, necesita un «laburo», en nuestro taller siempre habrá un puesto para él.

 

—Gracias, pibe, te lo agradezco mucho pero mi padre ya está muy viejo para eso. Además, es como yo, no le gusta dar órdenes ni recibirlas. Va tirando con sus remiendos.

 

—¿Remiendos? No hablés así, no digás macanas. Vos no entendés de eso. Mi viejo dice que Don José es un artista de la madera. ¡Lástima que le haya dado por los muebles en miniatura para pibes! No sé si sabés que a veces compra alguna percha o silla hecha por tu viejo y se la pone de muestra a los oficiales para que aprendan cómo se debe trabajar la madera, cómo se talla, se tornea, se ensambla, se encola y se termina un trabajo con amor y delicadeza de artista.

 

—Gracias otra vez, pibe. Es verdad lo que dices. Mi padre es un carpintero muy especial, un carpintero en miniatura, un bohemio de la madera. No hace ni quiere hacer muebles en serie. Diseña una mesa, una percha, una silla o un pequeño armario para niños y lo hace esmerándose como si fuera a presentarlo como pieza única en una exposición de arte. Después la arrumba en un rincón y finalmente las carga amontonadas en el carro y se va por esos caminos de Dios a venderlas por las calles a las amas de casa. Les cobra un duro, casi lo mismo que pagó él por la madera, y le cuesta casi llorar el desprenderse de cada pieza. Cada vez que vende una percha, una silla o lo que sea, le hace mil recomendaciones a quien se la compra sobre la manera de conservarla mejor. Es como si le cediera un hijo.

 

—Es que es así, le está cediendo un hijo parido con ilusión. Eso denota que es un artista.

  

 —No, pibe, no nos engañemos. Es sólo un pobre artesano. Es como esos sastres que siempre hacen las chaquetas pobres de hombros, como si tuvieran timidez de exhibir su obra. Es sólo un bohemio que no le interesa para nada el dinero. Yo creo que si algún día lo lleno de dinero y le regalo el último modelo deportivo de un Mercedes descapotable, lo llenará con sus cachivaches polvorientos y se irá a venderlos por los mercados. Esa es su vida. Suerte que mi madre es mucho más joven que él y sabe ganarse unas pesetas en tareas domésticas, pero mi padre es un inútil total para los negocios. Mi padre viene a ser, en comparación al tuyo, lo que sería un zapatero remendón a un fabricante de zapatos finos. Pero a mí me gusta mi padre y yo tengo mucho de él. Se sienta cuando está cansado, se refresca con un trago de agua del botijo y no tiene que soportar que el encargado le diga que no es la hora del descanso. Mi padre se cree un artista y no lo saca nadie de su viejo banco de madera en el fondo de la casa. Dice que hacer muebles en serie es como hacer chorizos y que él es un carpintero y no un fabricante de chorizos ¿Qué vas a hacer? Cada uno con sus peculiaridades a cuestas. Pero no dejes de agradecerle a tu padre su amable ofrecimiento.

 

Volvió a caer por el Café Colón Pepe Sancho y Javier volvió a la carga pidiéndole consejo sobre cómo escribir su proyectada novela.

 

—Bueno, Javier, te aprecio mucho y también te respeto porque escribes buena poesía, así que te completaré mis opiniones anteriores que, insisto, no son la Biblia. Reitero que es sólo mi opinión particular que puede no ser compartida por otras personas que saben mucho de literatura. En este tema cada uno tiene sus ideas. Te recomiendo que cuando escribas una narración no te pares a pensar si lo que escribes gustará o no a tus posibles lectores. No elimines párrafos o palabras creyendo que tus lectores lo encontrarán demasiado fuerte y afectará la sensibilidad de alguien, ni agregues cosas fuertes creyendo que darán fuerza a la narración. Solamente escribe para ti. Si lo que escribes te gusta a ti, ese es tu estilo y debes respetarlo o te saldrá un híbrido sin personalidad. Escribir para ti te dará un estilo personal que a unos gustará y a otro no, pero tendrás tu propio estilo personal. No transes en esto pues si quieres quedar bien con todos saldrá un edulcorante que no gustará a nadie. Y no vas a necesitar de mí o de otros críticos para saber si tu narración es buena. Lo averiguarás tú  solo. Lo sabrás cuando notes que ya no hablas tú por tus personajes. Cuando notes que lo hacen ellos, que se te han escapado, que no controlas la situación y que cada personaje de los que tú has creado ha adquirido vida propia. Cuando ellos, tus personajes, digan lo suyo sin que tú lo puedas impedir, la narración es buena, es auténtica. Esa es la señal. Y ahora págame un café que no tengo una puta peseta.

 

—Sí, hombre. ¡Luisito, un café para Pepe!

 

—Bueno muchachos ¿De qué hablábais? El único lugar de Orihuela adonde se dice algo de interés es aquí.

 

—No es para tanto, Pepe _dijo Jesús «el probeta»_ Nuestras divagaciones siempre van para el mismo lado. Decíamos que cuando en el año 1520 Lutero terminó con la confesión, algunos protestantes deben haber sentido nostalgia de la terapia que suponía hablar con alguien de nuestros pecados. El Cura en realidad ha sido el psiquiatra de los pequeños pueblos españoles.

 

—A mí me parece _dijo Pepe Sancho que era escuchado como un oráculo_ que a un intelectual le debe importar un rábano el protestantismo sin confesión o el catolicismo con confesión. Las dudas intelectuales siempre han girado alrededor de Dios y no de las religiones; éstas son cosas de los hombres que no le interesan a un verdadero intelectual. Dios sí interesa, Dios es un gran enigma, una obsesión y nadie puede ser un ateo puro porque para eso debería estar seguro de que Dios no existe. Pero no hay una sola prueba, desde el origen del mundo, que demuestre la inexistencia de Dios. Sencillamente Dios es una duda, una tremenda duda, y ya se sabe que un intelectual lo es precisamente porque nunca está seguro de nada. A lo sumo, algunos intelectuales tienden a una especie de agnosticismo. En cuanto al comentario de Jesús respecto a la nostalgia que algunos protestantes habrán sentido al perder la confesión que suponía el alivio de contar sus pecados, es posible que haya sido así. Pero no creo que el Cura haya sido un buen psiquiatra para nadie. Si uno tiene una úlcera de estómago debe ir al gastroenterólogo y si tiene un desorden mental como depresión, neurosis, paranoia, psicosis, etc., se trata de enfermedades y se debe ir a un psiquiatra. Vamos a poner esto en claro, la confesión es una descarga que puede ayudar pero no sana enfermedades mentales.  

 

 —Y ya que antes te has referido al origen del mundo ¿No crees que es fascinante pensar en cómo habrá sido el principio de todo? _preguntó Vicente.

 

—Yo lo sé _afirmó Luis «el corto»

 

—¿Cómo dices? ¿Tú lo sabes? _se quedó perplejo Pepe Sancho.

 

—Efectivamente, Don José, que uno es un humilde camarero pero también tiene su poco de cultura. Aquí todos hablan y hablan pero mi abuelo me decía que muchas palabras no son señal de mucha sabiduría. Y más de una vez un servidor, por respeto, no quiere opinar sobre algunas cosas que aquí se dicen sobre las cuales no estoy de acuerdo.

 

—Está bien, hombre, no te ofendas ¿Y cómo fue el principio del universo?

 

—Pues fue el big ben _afirmó Luisito categóricamente.

 

—¿El big qué?

 

—El big ben, sí señor.

 

—¿Tú te refieres a eso que está en Londres? Dime, Luis ¿No habrás querido decir el Big Bang?

 

—Pues sí, eso.

 

Las confusiones del camarero eran la sal de la tertulia y después de las risas pretendieron retomar la conversación seria.

 

—¿Cómo se habrá producido el «Big Bang»? _reflexionó en voz alta Tomás.

 

—Yo lo sé con certeza _afirmó rotundamente Jesús «el probeta»

 

—¿Con certeza? _se sorprendió Pepe Sancho que tenía un alto concepto intelectual de Jesús_ ¿Y cómo fue?

 

—¡Fue un gran pedo de Dios! _afirmó Jesús con énfasis.

 

Nadie aguantaba las carcajadas excepto Jesús que seguía imperturbable y serio. Y continuó:

 

—Es una teoría que he elaborado con seriedad. Si antes del «Big Bang» no había nada, entonces está claro que sólo estaba Dios. Por lo tanto este estruendo lo tuvo que producir el Sumo Hacedor. Lo que sí puede ser probable es que fuese involuntario. Tal vez se agachó para asir algo y se le escapó el gas. Entonces el Padre Eterno se habrá vuelto a mirar para abajo y al ver esa nube de gas de la que se iban desprendiendo estrellas, planetas, etc. debe

 haber pensado: «¡Buena la hice! ¡Y ahora como se las arreglará esa pobre gente!». Por eso siempre os digo que habléis sin solemnidad, que no os deis importancia, que no viváis mirando vuestro ombligo como si fuera el centro del universo. No os toméis en serio. Ya os lo dije, somos una mierda. Y lo que es peor, sólo una mierda involuntaria. Somos el producto de un descuido del Señor y seguramente que debe estar muy apesadumbrado por ello.

 

En esto, Luis «el corto», el camarero que se había ido a la barra creyó que las risotadas eran por él y se acercó a la mesa como gallo de pelea «y lo cual dijo que si se estaban riendo de él porque se había equivocado en un par de letras, big ben por big bang, que él, bajito y todo como era, que no hubiera sido la primera vez que le había dejado la cara marcada de moretones a un señorito y que en ese grupo, salvando a Don Jesús y también a Don José Sancho que eran dos caballeros de muy buenas familias con madres muy respetables, que todos los demás se la ponían floja y que lo mismo, si se terciaba, podía acordarse para mal de la señora madre de quien fuera, porque para educado y fino él era el primero, pero a mala leche no podía ganarle nadie, que allí estaba él para lo que quisiera mandar algún machito y que en adelante el que quisiera un café fiado lo tendría que pedir a la señora madre que lo parió y que si alguno no tenía madre, como él era muy respetuoso de los muertos, que el café se lo fiara su puñetera hermana y que si tampoco tenía hermana que se lo fiara su padre en el dudoso caso de que se supiera quien es. Pues eso.»

 

Al escuchar que Luisito peleaba levantando la voz, vino en su ayuda el otro camarero que era afeminado y cuando las cosas se calmaron explicándole a Luisito que las risas no eran por él sino por algo que había dicho Jesús, éste le preguntó al mariquita:

 

—¿Tú te has mirado esas ojeras tan profundas? ¿Qué te ocurre? ¿Estás enfermo?

 

—¡Ay, Don Jesús, no señor, es que ayer tuve libre y estuve haciendo el amor toda la noche!

 

—¿Y te puedes sentar todavía? ¡Cómo te debe haber quedado el trasero!

 

Pepe Sancho miró largamente a Jesús «el probeta» y le pidió permiso:

 

—Jesús, por favor, ¿Podría yo venir todos los días? No puedo seguir perdiéndome esto.