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Los
Primeros Besos Tomás
y Mariana continuaron viéndose todos los domingos en la tarde durante bastantes
semanas y, como suele suceder, fueron confiándose más y ocultándose menos. Ya
casi no tomaban precauciones. Rodrigo dejó de acompañar a su amigo Tomás
cuando éste consideró que ya no era necesario. Mariana llegaba a la Avenida de
la Estación junto a Ana y otra amiga. Tomás llegaba en solitario y Mariana se
desprendía de las dos amigas y se iba a solas con Tomás a sentarse en algún
banco de los jardines de la Glorieta buscando siempre el que estuviera menos a
la vista. Esta actitud de sentarse una pareja sola en un banco equivalía en los
pueblos a un noviazgo formal. Cuando
era la hora de volver a casa se levantaban del banco e iban a buscar a las dos
amigas. Tomás y Mariana se despedían y ésta se unía a sus dos amigas para el
regreso a casa. Así transcurrieron tres meses en los que se fue fortaleciendo
su amor hasta el punto de que ya no podían pasar el uno sin el otro. En un
anochecer de los que pasaban sentados en el banco, estaban, como siempre,
tomados de la mano y jurándose amor eterno, cuando Tomás le recordó: —¿Sabes,
Mariana, que nunca nos hemos dado un beso de amor? Mariana
se sorprendió porque hasta el momento Tomás la acariciaba con devoción y
respeto, sin permitirse el más mínimo avance que no fuera besarle la mano o el
cabello. La penumbra impidió que él pudiera ver el enrojecimiento de las
mejillas de su amada, pero sí percibió sus temblores ante lo que se avecinaba.
Era un banco solitario al que unas ramas bajas ocultaban de la luna. —Claro
que lo sé _replicó Mariana_ pero me da mucha vergüenza pues jamás me ha
besado así nadie. Además ni siquiera sé como se besa. —Pues
no nos llevamos ventaja, _replicó Tomas_ estamos igual. Yo tampoco besé nunca
en la boca a alguien y soy un completo inexperto en la materia. ¿Me das permiso
para intentar mi primera experiencia con la única mujer que he amado y que amaré
en mi vida? Ella
miro alrededor muy nerviosa y le ofreció su boca. Fue un beso torpe y demasiado
corto. ¿Era sólo eso? Separaron sus labios y se miraron sin verse. Volvieron a
juntar sus bocas pero esta vez entreabiertas como lo habían visto en el cine.
El tercero, más sueltos y confiados, fue suave, delicioso, saboreado, exquisito
y largo, muy largo. Y después fue un frenesí de besos apasionados. Y entonces
algo pasó adentro de ellos. Y supieron desde ese momento que se pertenecían mútuamente
sin que hubiera poder en la tierra que pudiera separarlos. A Mariana se le
escaparon unas lágrimas y Tomás no le preguntó nada pues sabía la respuesta.
Ella lloraba de emoción y felicidad. Habían aprendido rápidamente algo que la
naturaleza enseña sabiamente sin necesidad de maestros. Ya se besaban, en unos
minutos, con la sabiduría de la vida. Y
siguieron arrullándose y diciéndose esas palabras de amor que no es necesario
repetir aquí porque son las mismas que se dicen los enamorados desde el
principio de los tiempos. Y es que el sexo sin amor es cosa animal y aburrida,
pero el sexo con amor es un banquete que la naturaleza pone a disposición de
los enamorados. Pasar por este mundo sin conocer el amor y el sexo con amor es
la desolación y la desdicha mayor que puede sufrir un ser humano.
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