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Antonio y su trauma

Antonio está apoyado en la baranda del barco con aspecto melancólico. Son las seis de la tarde y se acerca el ocaso del día. El mar está muy tranquilo y tiene ese aspecto manso que transmite calma a nuestro ánimo. Hay un intenso olor marino que es muy agradable. En apenas una hora y pico presenciaremos ese espectáculo que nunca valoramos lo suficiente. Es el sol que muy grande e intensamente rojo va desapareciendo. Es la única hora que el sol nos deja mirarlo sin molestarnos a la vista. Es la naturaleza diciendo: “Aquí estoy yo, presente,  puedo dar un bello espectáculo o uno horroroso que acabe con todos vosotros, así que no atacarme y dejarme en paz.” Al efecto viene a mi memoria algo que me contó una vez un campesino. Me comentó que mucha gente no sabe que la fruta que en el árbol está del lado que recibe más sol tiene un sabor diferente de la que recibe menos. Es más dulce. Siempre me ha llamado la atención cómo la planta del girasol, como su nombre lo indica, se da media vuelta por la tarde poniéndose de frente al sol ¿No es una maravillosa demostración de que las plantas tienen vida propia? El sol, una estrella mínima en el Universo infinito ¡Cuánto misterio!

Encuentro a Antonio con aspecto grave y meditabundo, abstraído, y pienso que el cerebro del hombre es otro universo misterioso. Sabemos ya bastante del cuerpo humano con ayuda de mucha aparatología. Los huesos, el estómago, el hígado, el corazón y demás órganos no tienen ya misterio, pero sabemos muy poco del cerebro. Ante el triste espectáculo de los enfermos mentales nos damos cuenta de lo poco que sabemos. Parece que ahí adentro del cerebro está Dios y no nos deja entrar porque ese es Su territorio. Por eso me asombra el atrevimiento y la valentía de los médicos que eligen la especialidad de neurología o de psiquiatría.

—¿Cómo estás, Antonio? Te veo muy pensativo ¿Eres un intelectual?

—¿Qué es un intelectual?

—Alguien que sea capaz de pensar en algo más que en dormir, comer y tener sexo.

—No, no soy un intelectual pero sí es lógico e inevitable que nos metamos en los recuerdos.

—Yo tuve una niñez, una adolescencia y una juventud muy duras —le digo—. Me refiero a carencias materiales, a la pobreza. La gente ya va olvidándose pues la memoria, gracias a Dios, ayuda a olvidar las desgracias, pero las décadas de 1940 y 1950 fueron de una hambruna terrible en España. Pero no lo recuerdo como una época mala pues me he criado callejeando, sin controles paternos, y eso fue muy divertido. En mi pueblo, en Orihuela, jugábamos al fútbol con una pelota hecha con trapos y papeles metidos en una media vieja. Jugábamos en la Plaza del Carmen, delante de un Convento de Monjas, las Carmelitas, que llamaban a la policía municipal, con razón, porque el ruido que hacíamos con nuestros gritos perturbaba sus rezos y su descanso. Llegaba un policía desde una esquina, de la calle Meca, y otros desde  la otra esquina, la calle del Hospital. Nos rodeaban y no llevaban al Retén Municipal. Entonces preguntaban uno a uno quienes éramos. Los que eran hijos de familias acomodadas los soltaban. A los que éramos chicos de la calle nos dejaban un día entero encerrados. Era la justicia franquista. A alguna autoridad se le ocurrió que los chicos de la calle que hacíamos ruido nos presentáramos en el Retén Municipal los domingos en la tarde que había fútbol. Ese fue un castigo tremendo pues amábamos ese deporte y ver jugar al Orihuela Deportiva era nuestro gran placer. Entre todos  le pagábamos la entrada a uno del grupo que entraba y nos abría una puerta trasera que no tenía vigilancia y por ahí nos colábamos todos. Esa medida nos sujetó al orden establecido pues ninguno queríamos perdernos el partido de fútbol del Domingo. Pero volvamos a ti, Antonio, ¿En qué estabas pensando? Si es que quieres contármelo.

—Estaba pensando en mi padre —cuenta Antonio— pues me dejó muy marcado. Siempre me decía que yo era un inútil que nunca llegaría a nada.

—No te preocupes por eso, los padres se equivocan mucho. Es el caso del padre de Sigmund Freud, el ilustre médico que creó el psicoanálisis. Su padre decía lo mismo que el tuyo, que su hijo nunca llegaría nada y mira adónde llegó.

—Mi padre —continúa Antonio— era un hombre honrado pero sólo porque su timidez y su cobardía le impedían ser osado. De buena gana él habría dejado de ser honesto para aliviar su mala situación económica pero jamás se habría atrevido. Y no por temor al castigo de Dios, que eso le daba igual, sino por temor a la policía y a los jueces. No es que robar le pareciera inmoral y le diera vergüenza sino porque para ser deshonesto hay que tener coraje y arriesgarse y él jamás se arriesgaba.

—Bueno  —le digo—  sea por lo que fuere era honesto y eso debería enorgullecerte.

—Yo no valoro lo que un hombre hace sino sus intenciones, el por qué. Si un hombre hace algo bueno y le sale mal, para mí es meritorio. Y al revés, si un hombre intenta hacer algo malo y le sale bien, no le encuentro mérito. Valoro al hombre por sus intenciones y no sus actos que pueden salirle bien o mal. Y creo que así deberían actuar los jueces.

—Tienes razón, —le digo— pero no deberías ser tan severo, no te pongas en juez de tu padre. Eso es muy doloroso. En el fondo eso que dices nos pasa un poco a todos. Ten en cuenta que la valentía unas veces o la cobardía en otras, más que una cuestión de la voluntad es una actitud de conveniencia. De acuerdo con el espíritu de supervivencia que todos tenemos hacemos lo que nos conviene y afrontamos una situación difícil o la eludimos. Lo hacemos todos. Cuando voy a  pelearme con alguien lo mido con la vista, veo su físico y mido mis posibilidades de ganar o perder. Si estoy convencido de que voy a perder  trato de llegar a un acuerdo que evite el enfrentamiento. No sé si eso es cobardía o espíritu de supervivencia, no estoy seguro. Porque si tiene el mismo o menos físico que yo, no me achico y voy a por él. Pero si es muy grandote, pues qué quieres que te diga… no me voy a exponer a que me rompa un hueso. Eludo la pelea y no por eso me considero un cobarde.

—No, no es eso, Rodrigo. Su vida era la búsqueda de su seguridad y su tranquilidad aunque fuese a costa del hambre de su familia. Ese tipo de honestidad a la fuerza no la valoro. Sólo valoro la honestidad por convicción moral.

—Sí, en eso tienes razón pero insisto en que no juzgues a tu padre. Te hará mucho daño.

—No me importa. Más daño me hizo él a mí, a mi madre y a mis hermanos pues a esa actitud pasiva por falta de coraje los hijos lo llamábamos bondad y honestidad. Pero ahora me doy cuenta que mi padre no tenía coraje y eso lo disimulaba engañándose a sí mismo y engañando a su esposa y a sus hijos poniéndose como ejemplo de honradez.  

—Sigo pensando que eres muy duro —le digo—. ¿Hubieras preferido un padre ladrón?

—Yo robaría antes que mi mujer y mis hijos pasaran hambre. No considero que eso sea robar. Uno tiene derecho a buscar cómo sobrevivir.

Veo a Antonio con una sinceridad y una crudeza apabullante y trato de explicarle que para vivir en sociedades organizadas es preciso que haya leyes que hay que saber respetar. Pero sus argumentos también me parecen razonables si lo que está en juego es la supervivencia familiar. Si matar en defensa propia es considerado un atenuante por la justicia ¿Por qué no va a ser un atenuante robar en defensa propia?

—Mira, Rodrigo, lo único que quise para mí cuando fuera mayor es no parecerme a mi padre. El pobre hombre tenía horror a que alguien descubriera su debilidad y encubría ésta bajo la capa falsamente machista de maltratar a su mujer. Eludía las peleas con otros hombres, evitaba las discusiones y siempre le daba la razón a su ocasional adversario con tal de no enfrentarlo. Era capaz de soportar la mayor humillación con tal de evitar una pelea y si alguien lo ofendía él buscaba un pretexto para disculparlo. Luego se desquitaba gritándole a mi madre, como si un hombre tuviera razón por el hecho de gritar.

—¿Pero cómo puedes estar tan seguro de eso? ¿Podías leer sus pensamientos?

—Sí, era fácil entenderlo. Empecé a despreciarlo cuando cumplí 15 años y mi desprecio fue en aumento con el tiempo. Sus opiniones me importaban una mierda. Siempre buscaba impresionarme con sus pobres conocimientos sobre literatura por unos pocos libros que había leído pero a mí me obsesionaba su cobardía. Un día, en uno de los bares del pueblo, un hombre lo empujó a propósito y mi padre se cayó de la silla. Se levantó pálido y disculpó al agresor diciéndole que lo perdonaba porque el mismo estaba bebido pero que él no iba a pelearse delante de su hijo para no darle mal ejemplo. El hombre que lo empujó mientras tanto se reía. Me dio asco.

—Pues si que llevas una carga pesada. Trata de superarlo porque cuando nos sentimos desgraciados nos volvemos hirientes y dañinos con todas las personas que nos rodean, sean buenas o malas. Y eso te hace más desgraciado en un círculo vicioso sin salida.

—No puedo evitarlo. Si algún hombre miraba a mi madre con mirada deshonesta y atrevida, culpaba a mi madre y le reñía y la humillaba diciéndole que se vestía a propósito procazmente para que la mirasen los hombres. Mi madre era muy bella y la miraban los hombres descaradamente porque sabían que mi padre soportaba todas las provocaciones sin reaccionar. Me decía mi padre, dándome clases de moral, que el dinero no da la felicidad y que hay que despreciarlo pero era porque él era incapaz de ganarlo y entonces se encubría en ese falso desprecio para disimular su incapacidad. Porque, convendrás conmigo, Rodrigo, que aunque el dinero no asegure la felicidad hay que respetarlo porque contribuye al bienestar propio y de la familia. ¿O no? Alguien lo dijo de otra manera con bastante gracia: “El dinero no da la felicidad pero calma los nervios.”

—Sí, Antonio, es así como dices—. Y por eso estamos emigrando, para conseguirlo, pero cuidado con las ambiciones desmedidas porque somos siempre víctimas de nuestras acciones. A veces es mejor ser empleado que patrón pues nos sentimos muy desgraciados si fracasamos en algún emprendimiento.

Y continuó Antonio descargando su rencor:

—No respeté a mi padre y creo que era un pobre hombre que hizo desdichada a mi madre que sí era una gran mujer. Mi madre soportó los celos de mi padre que era manso con las personas ajenas pero irascible y cruel con su esposa e hijos. Sin embargo lo lloré mucho cuando murió.

—¿Por qué lo lloraste si no lo querías?

—Porque mi padre me había enseñado que en los entierros de un miembro de la familia, un hombre honesto y con honor debe llorar. Siempre en alguno hay alguien llorando. Es la vida. Aunque creo que lo lloré por deber pero con rabia y estoy arrepentido de haberme portado bien con él. No se lo merecía.

Al término de esta confesión que parece haberlo aliviado, le comento angustiado:

—Hay debilidades secretas que no deberíamos contar ¿Cómo puedes decir que odiaste a tu padre? ¿Y cómo puedes vivir con ese resentimiento encima de ti?

—Ya no lo tengo —dice Antonio— me saqué ese peso de encima el mismo día que murió. Ya está, es el pasado. Pudo ser más grave pues maltrataba a mi madre de palabra pero si la hubiera tocado un cabello lo hubiera matado con mis manos. Pero, reitero, es el pasado, no quiero que ese tema me marque en el presente ni en el futuro.

—¿Así de fácil? —le pregunto.

—Sí.

Antonio había tenido varios encontronazos con los camareros del barco. Con uno de ellos casi se va a las manos.  

Entonces —le digo— ¿Es por eso que te peleas con todo el mundo? ¿Para no parecerte a tu padre?

—Sí, efectivamente, eres muy perspicaz, por no querer parecer a él tengo la tendencia a irme al otro extremo y soy muy peleador. Creo que me matarán en alguna disputa violenta y vivo con esa creencia. Soy carne de cuchillo, creo que alguna vez me matarán de una puñalada o algo así. Porque además nadie me pelea con los puños porque soy muy grandote; todos se tocan en el bolsillo como si escondieran una navaja cuando discuten violentamente conmigo. Pero no sé frenarme. Cuando alguien me provoca sin razón aparece en mi mente la imagen de mi padre acobardado y enseguida reacciono con violencia. No ataco a nadie ni busco nunca pelea, soy un hombre pacífico. Pero no tengo paciencia para aguantar agresiones sin alterarme. Ante la más mínima agresión, si es injusta, reacciono jugándome la vida si es preciso. Esa es la marca que me ha dejado mi padre.

—Mira, Antonio, —le digo— te voy a decir una frase nada menos que de Aristóteles. Creo que es de su libro “Moral a Nicómaco.” Me aprendí de memoria esta frase porque creo que es algo muy sabio y sirve para andar por la vida con cuidado, sobre todo sirve para nosotros que estamos tan solos y desamparados: “Cualquiera puede enfadarse, es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no es nada sencillo.”

—Si mi padre hubiera conocido esa frase la hubiera estado repitiendo una y otra vez.

—No lo tomes en broma. Incorpora este pensamiento a tu mente y no lo olvides. Ni flojo como tu padre, ni imprudente y alocado como tú. Defiéndete como un león cuando te ataquen con alevosía, pero en el momento justo y con la persona adecuada, no con todo el mundo. No puedes ir por la vida peleando por pequeñas cosas.

—Ya te he dicho que sólo peleo si me atacan injustamente, sólo injustamente.

—Está bien, pero piensa que la vida no es una guerra. Además, si tienes mala relación con una persona determinada es posible que  esa persona tenga un problema, pero si  tienes mala relación con todo el mundo, entonces el problema lo tienes tú.

—Sí, tienes razón, yo tengo el problema pues siempre le doy preocupaciones y penas a las personas que amo. Soy todo amor en este cuerpo grandote y sin embargo llevo el dolor a quienes me quieren bien. Debo cambiar.

—Esa intención de cambiar ya es un buen principio. Creo que eres muy obsesivo y eso se puede combatir. Debemos sobreponernos a que nos domine una sola idea. Me lo explicaba el jesuita Padre Tomé. ¿Cómo? Analizando nuestra ansiedad podemos dominar nosotros a las ideas en vez de que éstas nos dominen a nosotros. Nada es para siempre, ni las ideas ni las personas. Nada ni nadie es inmodificable, todo es mutable en el tiempo. Un día nos moriremos y todo seguirá funcionando, los cines, los autobuses, las tiendas, los colegios y la vida. Y la vida es solo largos períodos de angustia con cortos momentos de satisfacción. Por suerte el sentido de inmortalidad no nos abandona y siempre creemos que sólo se mueren los otros, no nosotros que vamos a sobrevivir a todos los que conocemos. En el círculo de familiares y amigos que nos movemos estamos seguros que seremos el último en viajar al otro mundo. Todos se  irán antes. ¿Vale la pena tener tantas obsesiones si todo es pequeño y finito?

Pero Antonio es un hombre desconcertado que cuando piensa ve el mundo girar alrededor de su desazón. No halla la paz interior.