Principal
Arriba
Enlaces
Personajes
Síntesis Crítica
Contexto Histórico
Las Novelas
El Autor
Libro de visitas
Imágenes

Ana

 Es el cuarto paseo de los dos amigos con Mariana y Ana. A Rodrigo le ha ido gustando la seriedad, la educación y la buena conversación de Ana. Había empezado por acompañar a Tomás pero ahora ya lo hacía con gusto. También Ana ha ido interesándose en Rodrigo pero está sorprendida del distanciamiento que impone él en la charla.

 

—Rodrigo, siempre hablas de cosas impersonales._le dijo Ana_ Háblame de ti y si te interesa también yo te hablaré de mí.

 

—No hay mucho de qué hablar, Ana. Estudiaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo y he perdido la beca porque mi padre era republicano y los Jesuitas necesitaban la beca para el hijo de un falangista.

 

—¡Pero eso es injusto! _se exaltó Ana.

 

—Injusto o no, así ha sucedido y ahora se me ha cerrado absolutamente el futuro. No tengo ni futuro ni presente y en cuanto al pasado, mejor no te cuento para no ponernos a llorar juntos.

 

—¿Y ahora qué haces?

 

—Pues ayudo a administrar las escuelas profesionales de la Obra Social de niños pobres que tienen los Jesuitas. Compro todo lo necesario, los materiales para los talleres, los alimentos, etc., llevo la contabilidad y me ocupo de todas las necesidades de la Institución. Pero sin sueldo, me dan las comidas en la Obra y me pagan una especie de propina para mis pequeños gastos. Y eso es todo. No hay más nada para contarte. El trabajo que hago me gusta porque cada esfuerzo que hago lo veo reflejado en una mejoría para los niños internados, pero ni puedo pensar en novia ni en nada de eso. No podría ni invitar a mi novia al cine.

 

—Sin embargo mi papá te conoce y habla muy bien de ti.

 

El papá de Ana tenía un gran almacén mayorista de cereales, legumbres, conservas, frutos secos y otros alimentos no perecederos en general. Rodrigo le compraba de vez en cuando alimentos para la Obra Social.

 

 —Tu papá es muy amable conmigo y muy generoso con los niños pobres. Siempre me hace muy buenas rebajas en los precios. Es una gran persona.

 

—¿Pero por qué hablas de tu futuro con tanto desaliento? ¿Es que sólo existen los títulos universitarios? Mi papá sólo tiene estudios primarios y se gana bien la vida, ¿Por qué crees que tú no lo vas a conseguir?

 

—No deseo quitarle méritos a tu papá pero él heredó el negocio de su padre. Para iniciar cualquier negocio es necesario dinero y yo no tengo adónde caerme muerto. Pero quisiera cambiar de conversación pues no quiero dejarte la impresión de ser un llorón pesimista. No estoy en guerra con la vida, no soy así, soy alegre y me gusta vivir. Pero soy realista.

 

—Vamos a ver, Rodrigo, déjame rebobinar tu discurso. Sabes comprar, sabes vender, sabes conducir vehículos, sabes administrar, sabes contabilidad y tiene un enorme bagaje de experiencia en la calle ¿Te das cuenta que tienes un patrimonio que no posee casi ningún joven de tu edad?

 

—Dicho así, como tú lo dices, Ana, parece mucho, pero la realidad es que todo eso no sirve para nada sin dinero para iniciar algo. O al menos no me sirvió hasta hoy. Pero de todas formas el presente lo tengo resuelto. No soy un gran consumidor ni anhelo lujos. Con poco tengo bastante ¿Conoces la anécdota de Alejandro el Grande y el filósofo?

 

—No, cuéntamela. _pidió Ana.

 

—Es muy conocida. Se cuenta que el gran Alejandro pasó por una calle con su séquito y vio a un conocido filósofo, que era muy pobre, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Bajó de su hermoso caballo y se acercó al admirado maestro ofreciendo su ayuda para mitigar su extrema pobreza. Le dijo que le pidiera lo que quisiera. Y el filósofo le pidió: «Córrete un poco que me tapas el sol»

 

A Ana le gustó mucho la anécdota que confirma aquello de que es más rico el que menos necesita, pero le comentó con sentido práctico muy femenino y como buena hija de comerciante:

 

—No se mantiene una familia tomando sol.

 

—Lo sé y por eso no me comprometo con ninguna chica. Estando sólo puedo, si me da la gana, vivir tomando el sol. Estoy acostumbrado a las duras privaciones y eso no me asusta. Pero otra cosa es la responsabilidad de crear una familia. No voy a criar hijos como me he criado yo, te lo aseguro.

 

—Entonces quiere decir que te has acercado a mí sólo para hacerle un favor a tu amigo que sí está interesado en Mariana.

 

—Tampoco es eso, mujer, no exageres, me gustas y me produce un gran placer estar a tu lado. No paseo contigo por compromiso y ojalá tuviera un empleo estable y bien remunerado para poder hablarte de otra manera. Me gustas pero no estoy en condiciones de asumir un compromiso de noviazgo serio.

 

—Sin embargo mi papá se ha enterado que hace varios domingos que paseamos juntos y no ha objetado nada. El que calla otorga. Quiere decir que te aprecia como persona y que tu situación económica no le preocupa.

 

—Soy muy orgulloso, Ana, nunca aceptaría un empleo del padre de mi novia o esposa. Me sentiría un mantenido. Tengo la desdicha de darme ese inaudito lujo de tener orgullo que en mi caso es un absurdo; no acepto ayudas condicionadas.

 

—Pues los tiempos se nos agotan, Rodrigo. No podemos seguir paseando juntos muchas veces más.

 

—Lo sé _replicó Rodrigo con tristeza_ quédate tranquila que no voy a quemar tu excelente reputación.

 

—No me importa mi reputación _dijo Ana con los ojos húmedos_ me importa que no tengas hogar ni te espere nadie. Debe ser desolador. Me importas tú, tonto. Para tener bastante cultura encuentro que eres muy convencional. No uses mi reputación como pretexto si es que no te atreves a enfrentarte con las dificultades de crear una familia.

 

—Mira, Ana, por favor, no me hables a mí de enfrentar dificultades porque llevo cien años haciéndolo ¿O quién crees que ha mantenido a mis seis hermanos? No quiero tener expectativas favorables pues las esperanzas irreales son destructivas.

 

En el otro lado hablaban Tomás y Mariana cada vez más íntimamente, más enamorados.

 

—¿Qué vamos a hacer, Mariana? Nuestros tiempos se acortan. Si seguimos paseando juntos pronto se enterará tu padre. Y también la gente va a empezar a murmurar.

 

  —Ya me doy cuenta pero déjame a mí esa preocupación. Aún tenemos margen para algunos paseos más. Mientras no vayamos solos ni nos sentemos, no trascenderá demasiado. Los cuatro dando vueltas no llama tanto la atención.

 

—No puedo pensar en dejar de verte, Mariana.

 

—No pensemos en eso ahora, ya veremos.