|
Ana —Rodrigo,
siempre hablas de cosas impersonales._le dijo Ana_ Háblame de ti y si te
interesa también yo te hablaré de mí. —No
hay mucho de qué hablar, Ana. Estudiaba el bachillerato en el colegio de Santo
Domingo y he perdido la beca porque mi padre era republicano y los Jesuitas
necesitaban la beca para el hijo de un falangista. —¡Pero
eso es injusto! _se exaltó Ana. —Injusto
o no, así ha sucedido y ahora se me ha cerrado absolutamente el futuro. No
tengo ni futuro ni presente y en cuanto al pasado, mejor no te cuento para no
ponernos a llorar juntos. —¿Y
ahora qué haces? —Pues
ayudo a administrar las escuelas profesionales de la Obra Social de niños
pobres que tienen los Jesuitas. Compro todo lo necesario, los materiales para
los talleres, los alimentos, etc., llevo la contabilidad y me ocupo de todas las
necesidades de la Institución. Pero sin sueldo, me dan las comidas en la Obra y
me pagan una especie de propina para mis pequeños gastos. Y eso es todo. No hay
más nada para contarte. El trabajo que hago me gusta porque cada esfuerzo que
hago lo veo reflejado en una mejoría para los niños internados, pero ni puedo
pensar en novia ni en nada de eso. No podría ni invitar a mi novia al cine. —Sin
embargo mi papá te conoce y habla muy bien de ti. El
papá de Ana tenía un gran almacén mayorista de cereales, legumbres,
conservas, frutos secos y otros alimentos no perecederos en general. Rodrigo le
compraba de vez en cuando alimentos para la Obra Social.
—Tu
papá es muy amable conmigo y muy generoso con los niños pobres. Siempre me
hace muy buenas rebajas en los precios. Es una gran persona. —¿Pero
por qué hablas de tu futuro con tanto desaliento? ¿Es que sólo existen los títulos
universitarios? Mi papá sólo tiene estudios primarios y se gana bien la vida,
¿Por qué crees que tú no lo vas a conseguir? —No
deseo quitarle méritos a tu papá pero él heredó el negocio de su padre. Para
iniciar cualquier negocio es necesario dinero y yo no tengo adónde caerme
muerto. Pero quisiera cambiar de conversación pues no quiero dejarte la impresión
de ser un llorón pesimista. No estoy en guerra con la vida, no soy así, soy
alegre y me gusta vivir. Pero soy realista. —Vamos
a ver, Rodrigo, déjame rebobinar tu discurso. Sabes comprar, sabes vender,
sabes conducir vehículos, sabes administrar, sabes contabilidad y tiene un
enorme bagaje de experiencia en la calle ¿Te das cuenta que tienes un
patrimonio que no posee casi ningún joven de tu edad? —Dicho
así, como tú lo dices, Ana, parece mucho, pero la realidad es que todo eso no
sirve para nada sin dinero para iniciar algo. O al menos no me sirvió hasta
hoy. Pero de todas formas el presente lo tengo resuelto. No soy un gran
consumidor ni anhelo lujos. Con poco tengo bastante ¿Conoces la anécdota de
Alejandro el Grande y el filósofo? —No,
cuéntamela. _pidió Ana. —Es
muy conocida. Se cuenta que el gran Alejandro pasó por una calle con su séquito
y vio a un conocido filósofo, que era muy pobre, sentado en el suelo con la
espalda apoyada en la pared. Bajó de su hermoso caballo y se acercó al
admirado maestro ofreciendo su ayuda para mitigar su extrema pobreza. Le dijo
que le pidiera lo que quisiera. Y el filósofo le pidió: «Córrete un poco que
me tapas el sol» A
Ana le gustó mucho la anécdota que confirma aquello de que es más rico el que
menos necesita, pero le comentó con sentido práctico muy femenino y como buena
hija de comerciante: —No
se mantiene una familia tomando sol. —Lo
sé y por eso no me comprometo con ninguna chica. Estando sólo puedo, si me da
la gana, vivir tomando el sol. Estoy acostumbrado a las duras privaciones y eso
no me asusta. Pero otra cosa es la responsabilidad de crear una familia. No voy
a criar hijos como me he criado yo, te lo aseguro. —Entonces
quiere decir que te has acercado a mí sólo para hacerle un favor a tu amigo
que sí está interesado en Mariana. —Tampoco
es eso, mujer, no exageres, me gustas y me produce un gran placer estar a tu
lado. No paseo contigo por compromiso y ojalá tuviera un empleo estable y bien
remunerado para poder hablarte de otra manera. Me gustas pero no estoy en
condiciones de asumir un compromiso de noviazgo serio. —Sin
embargo mi papá se ha enterado que hace varios domingos que paseamos juntos y
no ha objetado nada. El que calla otorga. Quiere decir que te aprecia como
persona y que tu situación económica no le preocupa. —Soy
muy orgulloso, Ana, nunca aceptaría un empleo del padre de mi novia o esposa.
Me sentiría un mantenido. Tengo la desdicha de darme ese inaudito lujo de tener
orgullo que en mi caso es un absurdo; no acepto ayudas condicionadas. —Pues
los tiempos se nos agotan, Rodrigo. No podemos seguir paseando juntos muchas
veces más. —Lo
sé _replicó Rodrigo con tristeza_ quédate tranquila que no voy a quemar tu
excelente reputación. —No
me importa mi reputación _dijo Ana con los ojos húmedos_ me importa que no
tengas hogar ni te espere nadie. Debe ser desolador. Me importas tú, tonto.
Para tener bastante cultura encuentro que eres muy convencional. No uses mi
reputación como pretexto si es que no te atreves a enfrentarte con las
dificultades de crear una familia. —Mira,
Ana, por favor, no me hables a mí de enfrentar dificultades porque llevo cien años
haciéndolo ¿O quién crees que ha mantenido a mis seis hermanos? No quiero
tener expectativas favorables pues las esperanzas irreales son destructivas. En
el otro lado hablaban Tomás y Mariana cada vez más íntimamente, más
enamorados. —¿Qué
vamos a hacer, Mariana? Nuestros tiempos se acortan. Si seguimos paseando juntos
pronto se enterará tu padre. Y también la gente va a empezar a murmurar.
—Ya me doy cuenta pero déjame a mí esa preocupación. Aún tenemos
margen para algunos paseos más. Mientras no vayamos solos ni nos sentemos, no
trascenderá demasiado. Los cuatro dando vueltas no llama tanto la atención. —No
puedo pensar en dejar de verte, Mariana. —No
pensemos en eso ahora, ya veremos. |