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Los Amigos

 

Javier estudia Derecho y sólo le falta un año para terminar su carrera. Se desplaza a la vecina capital de Murcia para cursar. Su padre es un modesto contable que ha hecho enormes esfuerzos económicos para que su hijo sea abogado. Javier tiene un alto nivel intelectual y un gran sentido del humor. Quiere ser juez y se propone preparar oposiciones para ello. Hace falta ser muy optimista y tener sentido del humor para creer que puede llegar a ser juez sin el apoyo de influencias políticas de las que él carece. Le gusta leer La Codorniz, una revista de humor que dirige Alvaro de la Iglesia, y en especial la sección «La cárcel de papel». Es mordaz, cáustico y le gusta la exégesis. Conoce muy bien la Biblia y a veces la esgrime como una espada filosa. Tiene en común con los demás amigos que no tiene nunca una peseta. No tiene novia ni intenciones. Cada cosa a su tiempo, dice él. Es una persona noble, se ríe de sí mismo y no se toma en serio, pero nunca se ríe de los demás. Está incapacitado para la maledicencia. Es un lector impenitente, con un exacerbado grado de curiosidad intelectual. Es tolerante y odia el dogmatismo así como detesta a los dogmáticos. Y prefiere a quienes tienen más preguntas que respuestas.

 

Julián estudia Económicas. Le faltan dos años. Su padre falleció cuando Julián sólo tenía 9 años. La madre tiene un pequeño trozo de tierra que es como una manta corta, o le queda la cabeza afuera o los pies. Es hijo único. Nadie entiende los equilibrios que esta heroica mujer ha tenido que hacer para darle estudios superiores a su hijo. Viuda y contando solamente con esa pequeña propiedad, a veces ha regado ella a medianoche en invierno para ahorrarse un jornal. Julián adora a su madre y está deseando ganar dinero para tenerla como una reina. Es bueno para las matemáticas. Lee mucho y tiene grandes ambiciones para cuando termine la carrera.

 

Vicente no pudo terminar el bachillerato en el Colegio de Santo Domingo y después estudió el peritaje mercantil en una academia pero tampoco lo  terminó. Ayuda a su padre a administrar un puesto de frutas en la Lonja. Eso no da para un elevado nivel de vida pero su madre es muy buena administradora y lo ha criado como clase media digna, sin que le sobre nada pero sin necesidades extremas.

 

Pero el inconveniente de trabajar con su padre es que no tiene independencia económica y depende para sus gastos de lo que el padre pueda darle. Así que, como los demás contertulios, nunca tiene un duro. Vicente está de novio con una joven preciosa y se aman desde que estaban en el vientre de sus respectivas madres. Los dos son de genio vivo y se pelean con frecuencia pero las peleas son cortas y hacen las paces furiosamente enamorados. Vicente dice que le gusta disfrutar de todos los placeres pero que no quiere que alguno lo domine. Pretende ser el dueño y no el esclavo de lo que le gusta. De su relación con la novia, Maruja, le fastidia la dependencia. Dice que ella es como una droga que lo ha convertido en «marujodependiente». Sostiene que no desea cortar la relación porque la ama, pero rechaza la adicción. Entonces, cuando se pelean insiste en que va a tratar de olvidarla por un tiempo y a cada momento repite: «Esto va bien, ni me acuerdo de ella» y así cada tres minutos. Vicente es una excelente persona y lleva muy adentro de sí la piedad y la solidaridad con sus semejantes. Su aparente mal carácter es una actitud defensiva para que nadie confunda su bondad con debilidad. Lo que lo saca de quicio es que alguien defienda al fascismo.

 

Rodrigo sólo ha terminado primer año de Bachillerato y ha obtenido diversos diplomas de contabilidad, cálculo mercantil, correspondencia comercial, ortografía, mecanografía y esas cosas menores que no sirven para mucho. Está marcado en la ciudad por ser hijo de un reconocido republicano, un rojo, y no consigue un trabajo remunerado. Ayuda a un Padre Jesuita a administrar un internado con escuelas profesionales para niños pobres subsidiados por las Juntas Provinciales de Protección de Menores. Trabaja sólo por las comidas de manera que, salvo que duerme afuera, parece un internado más. La pobreza y el hambre acumuladas en Rodrigo no tienen parangón y es, desde luego, muy superior a las de los demás amigos. Y no hacen falta mayores explicaciones porque él es uno de los principales personajes de esta narración y ya se irán conociendo sus aventuras, o mejor dicho, sus desventuras.

 

 Tomás es otro personaje principal de estas historias. A su padre lo fusilaron los falangistas en la provincia de Granada. Su madre falleció a los pocos meses. A Tomás lo recogió su hermana mayor, casada con un albañil, y le dio una habitación con cama. No supone una carga para ella pues trabaja en el servicio doméstico del colegio de Santo Domingo y hace allí las tres comidas. No recibe paga alguna pero está becado para estudiar el bachillerato. Cabe agregar que es un ser alado, la mejor persona que puede existir en este mundo. Nadie puede esperar nada malo de este excepcional ser humano.

 

Y el grupo de amigos, que encabeza Jesús «el probeta» que ya ha sido presentado, se ha completado últimamente con Osvaldo, apodado «el pibe», con el cual se ha alcanzado el número cabalístico de siete. El padre de Osvaldo es un gran maestro carpintero, un artesano excepcional. Emigró a la Argentina siendo todavía joven y luego regresó a España impulsado por la nostalgia y la inadaptación a aquel medio. Todos encuentran inexplicable esa lamentable decisión pues volvió a España en el peor de los momentos. Osvaldo ha pasado toda su niñez, adolescencia y parte de su juventud en Argentina y no puede desprenderse de su acento y su vocabulario argentinos. Estudió el bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires y ahora no quiere estudiar más y aprende el oficio de carpintero con su padre para poder continuar el negocio en el futuro. Siempre huele noblemente a madera. Su economía depende del padre así que, como los otros amigos, siempre anda escaso de dinero. Osvaldo tiene un carácter extravertido y polémico y disfruta provocando en las discusiones a Jesús «el probeta».

 

Todos se sienten perdidos, sin presente y sin futuro. Son ya hombres y siguen siendo una carga para sus padres, salvo Rodrigo y Tomás que se mantienen solos. No se puede decir que sean fracasados puesto que son jóvenes y han logrado algunos estudios y cierta cultura pero no han llegado a nada pues sólo se ha triunfado cuando se tienen enemigos poderosos. En ese sentido eran unos pobres diablos pues no tenían enemigos de ninguna clase, ni poderosos ni débiles ¿Quién le presta atención a un hombre sin enemigos?

 

Se reunían todas las noches en el Café Colón, que estaba en la calle de San Pascual, junto a la Plaza Nueva. Se charlaba de todo y habían acordado algunas normas que debían seguirse. No se adoraría a nadie, se respetaría la independencia de juicio y prevalecerían los hechos sobre las palabras pues  éstas se inventaron para disimular la verdad. Serían tolerantes con los vicios pero intransigentes con las virtudes. Se dirían las cosas importantes sin solemnidad y se podría considerar importante lo banal cuando el cuerpo pidiera un poco de frivolidad. No se temería a nada sobrenatural pero se llevaría mucho cuidado con Franco y con la Guardia Civil. Sólo se permitiría la verdad pero ¿Cómo saber si alguien miente? Pues porque «un caballero sabe cuando dice la verdad» (Disraeli «dixit»). Serían solidarios y compasivos con la especie humana ya que eso es lo que distingue a un caballero de un canalla. Y los errores deberían reconocerse pues la gente decente, más tarde o más temprano, termina reconociendo sus errores.

 

Pues allí, en el Café Colón, entrando a la izquierda, cerca de una de las ventanas que daban a la Plaza Nueva, se fue formando una extraña reunión de habitués que se fueron juntando sin premeditación ni alevosía. Al llegar a siete, los amigos decidieron que estaba cerrado el cupo y que, si bien no se le podía negar a alguien que se sentara con ellos, sólo sería por un rato y no se debatirían ciertos temas en su presencia. Con la sola excepción de Pepe Sancho. Pepe era uno de ellos y siempre sería bien recibido, pero era casado y con tres niñas así que sólo acudía de tarde en tarde.

 

El camarero que atendía la mesa se llamaba Luis «el corto» y el apodo le venía de su baja estatura Cuando él no estaba de turno, atendía la mesa otro camarero llamado Felipe «el penélope», que se apodaba así porque en el ambiente de los prostíbulos que frecuentaba asiduamente, había trascendido que la naturaleza lo había dotado con una tercera pierna de tamaño descomunal, disparatadamente desproporcionada con su insignificante físico. Una noche ganó una apuesta en la casa de la Lucía partiendo nueces con «penélope» sobre la mesa camilla en la que se sentaban las chicas. Las prostitutas sólo aceptaban que les introdujera a «lope» pero no a «pené». Le exigían que se envolviera la mitad del fiero animal con una toalla.

 

La escuálida anatomía de la Tere, con una flacura que se le podían contar las costillas pero con un abismo insondable entre las piernas, fue la única que se le atrevió a encarar y recibir íntegramente a «Penélope», y éste, que como se ha dicho antes era un fiero animal en estado de excitación, quedaba en manos de la Tere absolutamente manso e indefenso. Finalmente Felipe se enamoró de la Tere, la sacó del burdel y se fueron a vivir a Valencia en donde se casaron y fueron muy felices.