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La
Amenaza El
domingo siguiente por la tarde, estaba Don Anselmo en su tertulia del Casino
cuando el mismo socio que le había informado sobre los paseos de Mariana y Tomás,
le avisó: —Mira,
Anselmo, por ahí pasa el muchacho amigo de tu hija. —¿Quién
es? ¿Es el de la chaqueta azul? —Sí,
el mismo. Don
Anselmo se levantó, llamó al camarero y le dijo que saliera, alcanzara a Tomás
y lo trajera a hablar con él. Don
Anselmo lo esperó en la puerta, de pie. Lo miró fijamente de arriba a abajo
con gesto fiero, y le dijo: —Ven
conmigo _y se lo llevó al rincón de un salón en el que no había nadie.
Estuvo unos instantes observándolo con cuidado para amedrentarlo y le soltó: —Así
que tú eres Tomás Ramírez, el hijo del comunista que en los malos tiempos de
la República pretendió arrebatarme mis tierras y repartirlas entre borrachos
de taberna que se habían pasado la vida tomando vino mientras yo me deslomaba
trabajándolas duramente, regando con agua a las rodillas en las crudas noches
de invierno; unas tierras que son de mi familia desde hace cinco generaciones.
El mundo es pequeño y la vida vuelve a enfrentarme de nuevo a un Tomás Ramírez
¿Sabes quien soy yo? —No
tengo el gusto de conocerlo pero supongo que usted es Don Anselmo del Monte, el
padre de Mariana. —Que
sea la última vez que en mi presencia te pones en la boca el sagrado nombre de
mi hija porque si lo repites te voy a partir la boca a golpes. Ahora dime
chiquillo, ¿Qué clase de relación has tenido con mi hija? —Perdone,
señor, no soy un chiquillo, soy un hombre. —Pues
mejor, prefiero hablar de hombre a hombre. Repito mi pregunta: ¿Qué clase de
relación has tenido con mi hija?
—Una
relación normal de amistad. Somos amigos. Nada más _contestó Tomás. —¿Amigos?
¿Pero crees de verdad que la amistad de mi hija está al alcance de un
pelagatos? Eres un ganapán, un don nadie, un criado que limpia retretes ¿Cómo
te atreves a desafiarme queriendo seducir a mi hija? ¿Eres loco, o tonto, o
algo así? ¿O por el contrario, eres un vivillo cazador de dotes? —Mire,
señor, no se ofusque. Creo que usted tiene razón, soy un don nadie, y encima
con el estigma de ser hijo de un comunista. No pensé en su momento que charlar
como amigos pudiera traer tantas complicaciones. Pero quédese tranquilo, sé lo
que usted quiere y no hay cuidado. No volveré a acercarme a su hija ¿Está
satisfecho? —No,
no estoy tranquilo ni satisfecho, estoy herido y bien herido por un mequetrefe
como tú. Me has puesto en evidencia delante de toda la ciudad, me has
ridiculizado y has rebajado a mi hija paseándola durante meses después de
servirle la mesa a los hijos de mis amigos, los hermanos de sus compañeras de
colegio. Nadie ha osado llegar tan lejos y humillarme como tú lo has hecho. Sólo
eres un jovenzuelo, me gustaría que fueras un hombre para darte de bofetadas ¡Pobre
de ti si lo repites! Eres de la misma calaña que tu padre, de tal palo tal
astilla. Pues mira, tu padre quiso robarme las tierras y ya sabes como terminó
¿Quieres tú ahora robarme a mi hija? Pues ojo que puedes terminar como él. Me
he cargado ya tantos rojos que uno más no me importaría. Olvídate que existe
mi hija o te haré pedazos con mis propias manos. Tomás
quiso decir algo pero Don Anselmo no lo dejó. Llamó al camarero y ordenó que
lo acompañase hasta la puerta.
La Merienda Llegaron
los siete amigos al campo de Torremendo. Era una enorme casona con bajos muy
amplios y sobrios, con muebles austeramente rústicos de buena calidad. Había
una chimenea hogar y una mesa rectangular para doce personas. En el primer piso
estaban los dormitorios y en el segundo un gran ático adonde estaba la muy
abastecida despensa de jamones y embutidos caseros así como harinas, cereales,
frutos secos y dulces y mermeladas y jaleas hechos en casa. Al lado estaba la
vivienda del casero, más modesta pero también confortable. A simple vista se
apreciaba la extensión de la finca que no tenía vecinos cercanos, con
plantaciones de almendros, algarrobos, olivos, higueras y otros árboles. Se veían
extensos bancales muy cuidados y el trigo, la cebada, el centeno y la avena ya
estaban altos. A lo lejos había unas colinas con pinos de mediano tamaño. El
casero los recibió con la gorra en la mano, respetuosamente: —Buenas
tardes, señoritos. —Buenas
tardes _contestó «el probeta» que oficiaba de anfitrión_ ¿Qué nos vas a
dar de merienda? —Pues
mi mujer ha preparado conejo frito con tomate y ajos. Tenemos ensaladas y
embutidos caseros de nuestra propia matanza del cerdo. Y tenemos quesos de oveja
y de cabra y jamones también preparados por nosotros. También nueces,
almendras y castañas. —¿Qué
clase de embutidos? _preguntó Jesús «el probeta» con autoridad. —Tenemos
chorizo, salchichón, longaniza y morcillas _informó el casero_ Y pan del
mejor, horneado esta mañana por mi mujer. Hay vino de nuestra cosecha y frutas
frescas. —¿No
tiene liebre? _preguntó distraídamente Vicente por decir algo.
—¿Liebre?
¿Pues no has oído que hay conejo? ¿Tan refinado te has vuelto para aceptar
una invitación a merendar? ¿Qué diferencia hay entre conejo y liebre?
_preguntó un poco molesto Jesús por la exigencia. —Pues
dicen que la carne de liebre tiene mejor sabor porque se cría libre y corre
mucho. —¡Ah!
¿Es eso solamente? Pues eso lo podemos arreglar. Tú eres mi invitado y yo soy
tu anfitrión. Si quieres liebre, cumpliré con mi obligación de complacerte. Y
«el probeta» sacó un conejo de la conejera y lo soltó en el amplio corral,
agarró un látigo y empezó a tirarle latigazos al conejo; éste, enloquecido
de terror corría a gran velocidad dando vueltas al corral mientras Jesús
esgrimía el látigo desde el centro como un domador. Así lo tuvo varios
minutos entre las risas de todos y el estupor malhumorado de Vicente. Finalmente
dejó el látigo y agarró por las orejas al conejo que jadeaba agotado. —¿Por
qué has hecho eso? _le preguntó Vicente a Jesús con cara hosca. —Por
complacerte ¿No dices que prefieres la liebre y que la única diferencia con el
conejo es que aquélla corre más? Pues aquí tienes una liebre. La freiremos
para ti. Entre bromas y pullas merendaron opíparamente y se pasaron de copas
con un vino casero de catorce grados, así que no podía esperarse una sobremesa
tranquila. Estaban muy excitados por la buena comida y el buen vino abundante y
de alta graduación. —¿Cuál
es la principal diferencia entre comunismo y socialismo democrático? _preguntó
Rodrigo a Jesús «el probeta». —Hombre,
son dos cosas totalmente distintas. El comunismo sacrifica lo individual a lo
colectivo y esto no es bueno porque el hombre no puede ni debe ser masificado,
el hombre es un ente único e irrepetible, un individuo cuyas libertades
esenciales no pueden ser sacrificadas bajo ninguna circunstancia. El socialismo
democrático, que también suele denominarse socialdemócrata, no toca jamás
las libertades. El comunismo no quiere ricos, el socialismo democrático no
quiere pobres. Al socialismo democrático no le molestan los ricos, al
contrario, cuanto más haya mejor, ya que ellos contribuyen pagando impuestos a
lograr un estado de bienestar general que evite la extrema pobreza. Al
capitalismo, la derecha liberal, le es indiferente la pobreza y no se ocupa de
ella. Mas bien le conviene para disponer de mano de obra barata. Para la derecha
los pobres sólo son una molestia, un mal necesario que prefieren no ver o verlo
de lejos. «Siempre hubo pobres», es su frase preferida. En el reinado de
Catalina la Grande, en la Rusia del Siglo XVIII, se fabricaron lujosas fachadas
artificiales para colocarlas delante de las casas miserables al paso de la
Emperatriz. A un presidente sudamericano se le imprimía un periódico especial
para él que sólo contenía buenas noticias. Un gobernador de una provincia,
también sudamericana, hizo levantar una larguísima pared, bonitamente pintada,
para ocultar un barrio marginal de casas de chapa y cartón. Ese mismo
gobernador, cargó un tren con mendigos de su provincia y lo descargó por la
madrugada en la provincia vecina. Y en algún lugar hemos leído que en Haití
una madre negra con un bebé en brazos amenazó a unos turistas que no le daban
limosna, con aplastar la cabeza del niño con una piedra si no la ayudaban a
alimentarlo. Entonces los que antes pasaban a su lado con indiferencia, se
detuvieron y le dieron unas monedas. No por solidaridad, sólo por no ver el
horror de cerca y no amargarse el almuerzo. 0 sea que no se evita la pobreza
pero se procura no verla. Vivir de una determinada manera tiene un precio
_continuó Jesús «el probeta»_ y un hombre tiene que saber cual es el precio
que está dispuesto a pagar. Si un hombre elige la vía del lucro inescrupuloso,
tendrá que vivir con su conciencia. Si elige el camino de la honestidad
seguramente tendrá que llevar una vida modesta o incluso pobre. Un hombre tiene
que elegir la escala de valores con la que regirá su vida. Quienes han abdicado
miserablemente de sus ideales, deben saber que deberán convivir con su
conciencia. ¿Habéis pensado alguna vez en esos economistas que se han quemado
los ojos estudiando para terminar sirviendo a poderosas naciones y organismos
internacionales que aplican cruelmente planes para succionar riquezas de los países
pobres hambreados? ¡Qué pena haber estudiado para eso! —¿Y
cómo es la conciencia? _preguntó Rodrigo. —De
día es una masa moldeable, como si fuera arcilla, y se adapta y toma la forma
que quieras darle. Pero de noche se endurece y puede ser muy molesto dormir con
ella _dijo «el probeta». —Pues
a mí ese discurso no me convence. Yo no veo que quienes manejan fajos de
billetes y se dan la gran vida tengan cara de estar atormentados por su
conciencia. A los que veo con cara de atormentados es a los pobres _apuntó
Vicente siempre solidario. —Jesús,
¿Por qué siempre hablas de la maldad humana? ¿Y qué hay de los hombres
buenos? _preguntó Tomás siempre inquieto por la falta de bondad en el hombre. —Es
que los hombres buenos no son noticia. No influyen en la marcha del mundo. El
mundo lo dirigen los malos. A ver si te enteras, Tomás, que estás en Babia. Pero
éste insistió: —¿Y
no habría manera _hablo en hipótesis_ de que buenos y malos, derechas e
izquierdas, hombres de todos los matices políticos pudieran conciliar sus
intereses puesto que estamos todos en el mismo barco, en este pequeño planeta? —Creo
que es imposible _dijo Jesús_ pues para esto tendrían que discutir
racionalmente en vez de criticar ácidamente al adversario. Y tampoco las
religiones ayudan pues más bien separan que unen a la gente. A Mussolini, el
creador del fascismo que es una ideología perversa basada en la intolerancia,
el Papa Pío XII lo llamó «el hombre de la Providencia». Y también los de
izquierdas son a veces solidarios sólo en teoría. Vamos a ver, suponer que ahí
afuera hay mil extranjeros a quienes van a fusilar salvo que nos dejemos cortar
un dedo de la mano ¿Quién ofrecerá su dedo por la vida de mil desconocidos?
No quiero que me contestéis, sólo meditarlo. No es fácil ser un héroe. Además,
en la izquierda hay mucho, mucho temor. Cuando gobierna la izquierda toma
medidas derechistas creyendo con ingenuidad que puede seducir a la derecha para
que los deje gobernar ¡Pobres ilusos! —Tienes
razón, es difícil conciliar intereses pero es porque nos aferramos a la vida
como si fuéramos eternos _comentó Tomás_ Si pensáramos en lo efímera, lo
breve que es nuestra existencia quizás seríamos más generosos. Y lo peor es
que los viejos se aferran a la vida más que los jóvenes. —En
los viejos se junta la mayor sabiduría con la paulatina debilidad física. No sé
como pensaré cuando sea viejo _señaló Jesús_ pero debe dar temor acercarse a
la muerte, al momento en que todo se borrará. El misterio del envejecimiento,
la decrepitud y la decadencia es pavoroso. Yo me quitaré la vida al llegar a
los 70 años. Es el tope que me he fijado si tengo salud.
Si
estoy enfermo me iré antes. Lo reconfortante es que la madre naturaleza no sabe
de ideologías. Nos iguala a todos. El sol calienta igual a pobres que a ricos y
la muerte hace tabla rasa con todas las categorías sociales. —Lo
que a mí me cabrea _dijo Rodrigo_ es que se muere antes la gente buena ¿Es que
la maldad alargará la vida? ¿O es que Dios también se toma una botella de
vino de vez en cuando? —No
es eso, Rodrigo _acotó Javier_ no es que se muera antes la gente buena, se
mueren igual buenos y malos, lo que pasa es que sentimos más dolor por el bueno
y por eso nos da la sensación de que se muere antes que el malo. —Mirad,
muchachos _retomó Jesús «el probeta» su pesimismo a veces muy sombrío_ el
hombre es despreciable, más despreciable cuanto más poderoso. Por que cuanto más
poder acumula, más maldades debe cometer para conservarlo y acrecentarlo. El
poder no tiene moral y eso es terrible porque nos gobiernan los poderosos. El
mundo es como una flor que se está marchitando. Por decirlo de alguna manera,
el mundo es como un vehículo conducido por gente inescrupulosa que tiene prisa
por enriquecerse y que no duda en cruzar semáforos en rojo aunque atropelle a
quien sea para lograr sus fines. Los poderosos no son encarcelados ni siquiera
multados. Es la impunidad del poder. —Pero
supongo _dijo Tomás_ que debe existir un límite hasta para la maldad. —No,
no existe. La maldad es ilimitada y los que tienen poder de ejercitarse en ella
son burgueses, decadentes, frívolos y sin sentimientos. —¿Y
el alma? _preguntó Tomás_ ¿No tienen alma los poderosos? —¿El
alma? ¿Tú has visto alguna? ¿Hay pruebas de la existencia del alma? ¿Has
visto almas con sarampión o gripe? ¿Existen almas negras o cobrizas? A mí
hablar del alma me parece como hablar del hombre invisible ¿Sabes que cuando
Colón llegó a América la Iglesia discutió largo tiempo si los indios nativos
tenían alma? ¿Tiene alma Franco? —Hombre,
por Dios, nuestro Caudillo tiene alma y cuerpo y un buen par de colgantes para
lo que sea menester _apuntó Vicente_ Dios y Franco se tienen una gran
desconfianza mútua. Dios no se fía de Franco ni éste de Dios. Sólo están
unidos por su odio a la izquierda. Hay que renovar la firma del Concordato entre
España y la Santa Sede y el Santo Padre está esperando instrucciones del Espíritu
Santo. Pero el gallego está tratando de acumular más poder de negociación
para presionar en el tratado. A Dios le ha ocurrido algo similar a lo que sucedió
en la conocida historia del Dr. Frankenstein, ha modelado una criatura
monstruosa, Franco, a la que ahora no puede manejar. Yo supongo que el Generalísimo
piensa que sólo se ha triunfado cuando se han conseguido adversarios poderosos
como Dios. En la Odisea, de Homero, Ulises Rey de Itaca sale vencedor de la
guerra de Troya y en un alarde de vanidad y soberbia desafía a Poseidón, el
dios del mar. ¿No hay un cierto paralelismo con la soberbia de Franco que desafía
primero al Nuncio y luego al Sumo Pontífice? —Bien,
dejemos esto, dime Jesús _preguntó Vicente_ ¿Cómo andas con las
investigaciones de la píldora para la impotencia? ¿La has retomado otra vez?
La última vez dijiste que estabas estancado. —He
dejado esa investigación de momento pues se me ha ocurrido una nueva idea. —¿Otra
idea? —Sí,
he leído que los norteamericanos preparan una nave para ir a Marte. Sería fantástico
que se depositara en recipientes todo el semen humano que se desperdicia en
masturbaciones y que los yankis lo llevaran a Marte y lo desparramaran por todo
ese planeta. Así podríamos mezclar la raza terrícola con la marciana y
mejorar si es que ellos están más evolucionados. Unicamente habría que
excluir el semen de los fascistas. —¿Por
qué esa exclusión? _preguntó Vicente muerto de risa. —Pues
por que esos tienen muy mala leche. También en mis proyectos de gas humano para
uso como combustible habría que excluirlos pues sus gases son muy tóxicos. Jesús
desvariaba con frecuencia si tomaba un par de copas. Era una locura inofensiva,
como un estado febril, y todos suponían que se debía al hambre acumulada sobre
sus huesos. Nadie sabía cómo un pobre carpintero que era su padre, pudo
pagarle una carrera tan cara y compleja como la de bioquímica. Ni sus padres ni
él habían comido lo suficiente durante largos años. —Jesús
_le dijo Javier_ ¿Cuándo nos sorprenderás con un proyecto viable aunque sea
modesto? ¿Es que sólo persigues utopías?
—¡Y una mierda! Más utópico es que tú ganes las oposiciones a
judicatura sin apoyos influyentes ¡Eso sí es una utopía! —A
mí me queda una duda _preguntó «el pibe» siguiendo con ironía el disparate_
¿De qué serviría enviar semen humano a Marte si allí no encontraran mujeres?
—Está
todo previsto _dijo Jesús «el probeta»_ Los yanquis se van a llevar a tu
hermana. Después
de calmar entre todos al «pibe» que quería desafiar a salir a la calle a Jesús
para pelearlo, Javier le dijo a éste: —Bueno,
Jesús, ya te has despachado bien con tus locas teorías. Pero echamos de menos
tu visión futurista de la ciencia. Yo encuentro fascinante cuando haces
futurismo. Por favor, en serio, dinos algo de cómo ves el progreso de la
ciencia. Eres otro Verne. —Lo
que pasa es que también os parecerá loco lo que preveo. Cuando se descubrieron
los primeros huesos en la época que hacía furor la teoría de la evolución de
Darwin, se pensó que el hombre de Neanderthal era el eslabón perdido entre el
mono y el hombre. Hoy ya se conoce que no existe tal eslabón único. Se sabe
que el hombre actual es el producto de una evolución que tiene más de tres
millones de años. —¿Y
cómo era el hombre de Neanderthal? _preguntó curioso Javier. —Vivió
en el Pleistoceno, entre los 100.000 y los 35.000 años al final de la Era
Glaciar. Era de baja estatura, con cráneo largo y achatado, pómulos marcados,
_y Jesús no cesaba de mirar a Vicente_ largos dientes, pecho amplio, pies y
manos muy grandes y cerebro chiquito. Muy parecido a Vicente y también un poco
a Osvaldo. Nueva
batahola que presagiaba un tormentoso final de la merienda. —Desde
entonces, el hombre ha evolucionado hasta nuestros días y se prepara para un
monumental salto científico. Aunque me tratéis de loco, os voy a decir lo que
ocurrirá en los próximos 50 años. Los avances más sorprendentes se producirán
en la medicina. Se trasplantarán toda clase de órganos humanos y se podrán
reponer tejidos a partir del cultivo de células. La cirugía reparadora
corregirá muchas fealdades de la vejez. Habrá progresos enormes en genética y
se podrá conocer la secuencia genética de las enfermedades a las que una
persona sea propensa. De esta manera la salud preventiva evitará futuras
enfermedades. Y simultáneamente con estos progresos para alargar la vida, habrá
enormes avances armamentistas para destruirla. El hombre está ciego y marcha
inevitablemente hacia la autodestrucción.
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