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La
Agresión Tomás
se encontró con Ana en el Paseo de la Estación y ésta le contó que Mariana
estaba muy grave con un problema cardíaco y que además se consumía de
tristeza sin querer vivir. La sirvienta doméstica de Mariana se había
encontrado a la sirvienta de Ana y le había contado todo a ésta. Ana le dijo a
Tomás que había venido un eminente médico de Murcia y había recomendado a
Don Anselmo que permitieran la visita de Tomás a Mariana para ver si esto la
animaba, pero que aquél seguía oponiéndose. Tomás
se sintió morir. Regresó a su casa y se tiró en la cama con unos sollozos tan
desgarradores que lo oyó su hermana y acudió alarmada al dormitorio. Ella ya
conocía la historia de amor de su hermano con esa chica tan adinerada y ya venía
presagiando que habría problemas, pero nunca había visto así a Tomás. Cuando
éste se calmó un poco le contó a la hermana que el médico de Mariana había
aconsejado que Tomás la visitara pero que Don Anselmo había rechazado la
sugerencia. Esa
noche Tomás la pasó levantado, caminando nerviosamente por su habitación. A
las cinco de la mañana la hermana lo encontró en un estado agitado y febril,
casi en estado delirante. Le dio un vaso de agua y un par de aspirinas. A
las once de la mañana Tomás se vistió, todavía con algo de fiebre y falto de
descanso. Salió de su casa decidido a todo y pensó que si lo necesitaban para
ver a Mariana no debía hallarse lejos de la casa de ella. Así que caminó las
pocas calles que lo separaban del domicilio de Don Anselmo y se apoyó en la
pared de enfrente de la casa, sin apartar su mirada afiebrada del balcón de la
habitación de su amada. Decidió que no se movería de allí hasta que lo
llamaran o lo echaran. Don
Anselmo paseaba por la casa con la cara desencajada, agotado de no poder
conciliar el sueño, ojeroso de cansancio, enfermo de impotencia y con el rostro
sombrío coma la noche. De repente se paró mirando distraídamente hacia la
calle y lo vio allí. Allí estaba el joven que había arruinado la paz de su
hogar, el que había metido en su casa la desdicha, la enfermedad de su hija, el
motivo de todas sus desgracias, el que en sólo unas semanas había derrumbado
todas sus ilusiones, los planes de toda su vida para casar bien a su hija,
hacerla feliz con un hombre de su nivel y tener nietos hermosos. Allí estaba el
hijo del hombre que había odiado visceralmente y la historia venía a repetirse
con el odio terrible, destructivo, arrasador, que volvía a sentir por ese
apellido en la persona del hijo. Se le aceleraron las pulsaciones, se le nubló
el sentido, bajó las escaleras a los saltos, cruzó la calle y la emprendió a
golpes de puño y patadas con aquel muchacho débil y enfermo. —¡Rojo
de mierda! ¡Te voy a matar a golpes! ¡Te lo dije! ¡Te dije que te destrozaría
con mis manos! ¡Eres mi ruina, desgraciado! ¡Defiéndete, miserable! ¡Maldito
seas! ¡Canalla! ¡Vago insolente! ¡Te mataré, te mataré, te mataré...! Y la
lluvia de golpes no cesaba. Después
de una andanada de golpes de puño y patadas, Tomás que no quería defenderse
ni levantarle la mano al padre de su amada, sólo atinó a taparse la cara
cruzando los brazos sobre ella, pero fue inútil. Don Anselmo era un hombretón
alto y robusto y Tomás un joven delgado y sin fuerzas por la fiebre. Tomás cayó
al suelo semidesvanecido y allí empezó lo peor cuando Don Anselmo empezó a
descargar patadas sobre los riñones del muchacho. La paliza era descomunal y si
no lo paraban pronto, lo mataría a golpes pues Don Anselmo estaba fuera de sí,
descontrolado por la ira. De
una sastrería vecina salieron el sastre y su oficial y de un bar acudieron
varios hombres. Sujetaron a Don Anselmo que seguía fuera de si y aún tiraba
patadas al aire cuando ya no alcanzaban a Tomás. Y exclamaba: —¡Que
nadie se atreva a tocarme! ¿Es que no saben quién soy? ¡Sá- quenme las manos
de encima! ¡A mí no me toca ni Dios! He dicho que lo voy a matar y lo voy a
matar. Entonces
el sastre le dijo muy serio: —Don
Anselmo, creo que ya lo ha matado. Cuando
lo sujetaron se dieron cuenta que ya era demasiado tarde pues Tomás había
recibido tal paliza que se lo veía muy maltrecho. Los ojos tapados por la
hinchazón, la cara ensangrentada, tumefacciones, hematomas, contusiones e
inflamación y dolores que presagiaban costillas rotas y hemorragias internas.
Lo más grave fueron las patadas con aquellas grandes botas de cuero a la altura
de los riñones cuando el joven estaba caído. Un vecino trajo un viejo coche,
lo subieron con cuidado y lo llevaron al hospital adonde quedó internado en
estado sumamente grave tras las primeras curas de urgencia.
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